Como niños recién nacidos

Por el Padre Manuel Diego Sánchez OCD

Así se dirige Agustín de Hipona (354-430) en el II Domingo de Pascua a los recién bautizados en la vigilia pascual, un sermón memorable (8, en la octava de Pascua) en la ocasión de dejar ya la vestidura blanca que habían recibido en el bautismo como signo de su nueva condición. Un sermón que no sólo quiere marcar el paso que se actúa en ellos volviendo al día a día, aunque distintos sin demostrarlo ya con un atavío especial, sino que sí son diversos desde dentro y con una condición que les posibilita el actuar de acuerdo a la nueva fe, que es ahí donde se ha de notar el nuevo nacimiento. Por eso, con tanto cariño y admiración, se dirige a ellos: “niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada…”. Se adivina la idea de que la pila bautismal ha sido para ellos, tumba y madre fecunda, porque muertos y resucitados con Cristo. Y el día especial para los bautizados y el gesto cumplido le permitía recordarles aquellas palabras de Pablo (Romanos 13,14) que acababan de escuchar seguramente en la lectura de la misa de este domingo: “Vestíos del Señor Jesucristo”.

  1. No estaba mal el aprovechar ese rito del vestido, para inculcar el paso importante que se había operado en sus vidas y hacerles ver la potencialidad y fuerza que llevaban dentro, con el fin de evitar el enfriamiento del bautismo de forma que poco a poco llegaran a pensar no había pasado nada en sus vidas. Todo lo contrario. Y esto sirve para nosotros también, cristianos del siglo XXI, porque es tal la fuerza del sacramento y el germen que llevas dentro, que no se evaporó en el mismo Sábado santo, cuando aquellos lo han recibido: el sacramento de la vida nueva que empezó con el perdón de los pecados, como fruto más inmediato, ha de crecer, desarrollarse; se culmina y llega a su plenitud la resurrección de los muertos. Sí, lo recibiste todo y Dios cumplió su obra en ti por Cristo de forma definitiva, pero eres hombre y necesitas asimilarlo poco a poco, integrarlo en tu tarea diaria, recordarlo y volver sobre la opción bautismal en forma continua, porque, dada tu condición de hombre, tiene que crecer, desarrollarse, así hasta ese momento humano decisivo, el de la muerte, en que ya lo vivirás entonces de forma completa como resurrección y vida eterna, una vez -dice Agustín- que hayamos recibido la realidad de lo que ahora sólo poseemos en esperanza. Por eso, toda la vida empeñados en la tarea bautismal, y esto caminando en fe (a oscuras), exiliados y desterrados, pero bien seguros de que vamos por el camino seguro, que es el mismo Cristo. Por eso, sin decirlo abiertamente, nos hace ver que la santidad cristiana es la santidad bautismal llevada a sus últimas consecuencias, el itinerario y los contenidos del propio bautismo. Con razón lo revivimos y recordamos todo esto cada Sábado santo renovando las promesas bautismales.
  2. Y cuánto es el realismo que nos inculca Agustín para no pensar como si fuera una ficción lo vivido, como si…, sólo eso, algo parecido… No. Es totalmente un SI de Dios y el YA de su salvación (habéis resucitado con Cristo), pero la vida pesa y nos dice además que todavía no ese ha clarificado todo lo que somos. Pero, por eso, no nos creamos engañados por Dios, que sí nos redimió: “aunque todavía no de hecho, pero sí ya con esperanza cierta, porque habéis recibido el sacramento (signo, prueba) de ello y las arras del Espíritu”.
  3. Y Agustín hasta se permite jugar con el símbolo de los números, que tanta importancia tienen en la tradición bíblica. Este día (el 8º de Pascua) y cada domingo (cada 8 días), siempre referidos al hecho de la Resurrección de Jesús (al 3º día de su muerte), todo ello son el signo más claro de que estamos ya en la plenitud del tiempo, nos hallamos dentro del plan de Dios donde todo, desde la Creación (1º día, también domingo cristiano) pasando por la resurrección (3º día) y hasta el descanso sabático (8º día), todo habla de la armonía y d de la sinfonía de la salvación. Dice Agustín: “Cristo… consagró con su resurrección el domingo, que es el tercer día después de su pasión y el octavo contando a partir del sábado; y, al mismo tiempo, el primero”.  Es la magia o la mística de los números que nos introduce en la centralidad de estos días de Pascua.

A toda la familia del Carmelo Teresiano (frailes, monjas, laicos) y a los amigos nuestros y de Teresa y de Juan de la Cruz les deseo una feliz Pascua de Resurrección en sus vidas. Y me permito hacerlo ofreciendo esta reflexión sobre un texto de la primera experiencia cristiana (accesible en el Oficio de Lecturas del domingo II de Pascua), y ésta tan cualificada, como la de San Agustín, además leído y asimilado por nuestros dos fundadores.

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