Mi tía Mª Rosario

Por Jaime López-Riobóo Zárate

GRACIAS, SEÑOR POR TUS MISERICORDIAS

Nunca olvidaré la primera vez que fui al Carmelo de León. Era octubre del año 2008 y toda la familia íbamos para visitar a nuestra tía carmelita descalza. Desde ese momento sin yo saberlo comenzó entre mi tía Rosario y yo una unión que por los lazos de la oración sería fundamental en mi vida.

Pero antes de compartir cómo Dios se ha servido de mi tía para acercarme a Él, me presento: me llamo Jaime y tengo 21 años y actualmente soy seminarista de tercer curso en el Seminario de Madrid. Soy sobrino de la Hermana María Rosario de la Inmaculada que llegó a esta fundación de León desde el Carmelo de Ciudad Rodrigo en 1963. Ella es prima de mi abuelo y compartimos, con alegría, nuestro primer apellido. Actualmente mi tía, Hna. Mª Rosario, es la segunda monja más mayor del convento.

Como decía antes, llegué por primera vez al Carmelo de León en octubre de 2008. En aquella ocasión celebramos una Eucaristía de acción de gracias en la iglesia del Monasterio con motivo del aniversario de boda de mis abuelos y yo no tuve ningún reparo en hacer de monaguillo. Al salir al altar y estar toda la Misa ante la reja del coro, fui objeto de la atenta mirada de mi tía Mª Rosario que con su capa blanca y su velo negro vivía con inmensa devoción la celebración. Ella después me ha recordado en varias ocasiones que tenía muy grabado ese día en su memoria y especialmente “de lo formal que ayudaste a Misa”, me decía. Yo estaba a punto de cumplir los 10 años y en aquel momento no sabía lo que quería Dios para mi vida y no me imaginaba que Él pudiera llamarme al sacerdocio.

A partir de este momento, comenzó entre la tía Mª Rosario y yo un intercambio epistolar que ha durado hasta que ella ha dejado de escribir por su deterioro físico. Por medio de las cartas encontré una “madre” que me entendía, que me quería de verdad y que me animaba siempre a amar más y más al Señor y a la Santísima Virgen y a vivir la fe con mucha alegría.

En los años 2010 y 2011 tuve un sufrimiento por causa de una dificultad en los estudios. Antes de que yo se lo contara, la tía Rosario se adelantó, pues había hablado con mis abuelos, y me mandó una carta impresionante que en aquel momento no fui capaz de entender bien. En ella me decía que Jesús me quería feliz y que Él no quería que yo estuviera triste por nada y me decía con ternura maternal “se acabó el llorar, ¿vale?”.

Debido a este sufrimiento empecé a pensar en cambiarme de colegio. Mis padres y yo ya teníamos prácticamente decidido un colegio laico cuando de pronto una tía mía llamada Cristina nos propuso que yo me fuera al Colegio Arzobispal del Seminario Menor de Madrid. ¿Casualidad? ¡No! Providencia de Dios y estoy seguro que esta propuesta de ir al Seminario Menor fue fruto de la oración de la tía Rosario aunque en su momento no nos diéramos cuenta…

Llegados a este punto, creo que es significativo contar que hace poco descubrí que esta tía Cristina que me propuso irme al seminario menor, llegó a mi familia por la oración de la tía Rosario. Mi tío Alejandro, que hoy en día es marido de Cristina, había dejado a su novia con la que se iba a casar y fue entonces cuando la tía Rosario escribió una carta a la familia diciendo “pido a la Virgen que Alejandro pueda encontrar la mujer ideal con la que casarse, segura de que Ella me escuchará” y así fue como llegó Cristina. Mi tía Cristina no sólo ha sido el instrumento del que el Señor se ha servido para descubrir mi vocación, sino que a través de ella el Señor está acercando a mi familia a Él y a su Iglesia. Pero de nuevo Cristina vino porque ¡Dios escuchó la oración de la tía Rosario!

Cuando le comuniqué a la tía Rosario que me iba al colegio arzobispal, ella se llenó de alegría y fue cuando empezó a decirme “Dios quiera que un día pudieras ser sacerdote”, “si Dios te llamara sería estupendo”, etc. Yo en aquel momento seguía sin saber que el Señor me llamaba al sacerdocio. Desde este momento, estoy seguro que ella comenzó a orar por mí al Señor, para que si era su voluntad, me hiciera ver que mi vocación era el sacerdocio.

Llegados a este punto, al ver la fuerza de la oración y de la entrega de la tía Rosario para bien de nuestra familia, no puedo más que recordar aquello que dice santa Teresita del Niño Jesús en “Historia de un alma”: “¡Qué grande es, pues el poder de la oración! Se diría que es como una reina que en todo momento tiene acceso libre al rey y que puede alcanzar todo lo que pide”.

Una vez que llegué al colegio arzobispal, fui descubriendo, no sin dificultades, lo que era la Iglesia y fui atisbando el amor de Dios de muchas maneras. Fue en 1º de bachillerato cuando Jesucristo empezó a seducirme, a mostrarme su amor y a tocar mi corazón a través de la escucha de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y sobre todo a través del sacramento de la Penitencia, que apareció ante mí como un torrente de amor misericordioso hasta entonces desconocido. Durante ese curso el Señor me hizo ver con claridad que me llamaba al sacerdocio. En 2º de Bachillerato, el Señor me siguió mostrando que su voluntad era que yo fuera sacerdote.

Me faltaba aún madurez y valentía para llamar a las puertas del Seminario Mayor, por eso esperé e hice un año de carrera en la Universidad. En ese año visité a la tía Rosario en el Carmelo y le conté a ella y a toda la Comunidad mis inquietudes, a los dos meses, empecé el curso introductorio al Seminario, tras el cual empecé el Seminario Mayor.

Ya estoy en mi tercer curso y soy feliz.

Actualmente sigo yendo con frecuencia al Monasterio de las madres Carmelitas Descalzas de León, especialmente en vacaciones, donde suelo hacer unos días de retiro y donde me gusta compartir con las hermanas la obra que Dios va haciendo en mi pobre naturaleza de barro. La tía Rosario ya está muy mayor pero las hermanas la traen al locutorio para que me vea a través de la reja y ambos nos ponemos contentísimos.

Mi tía Mª Rosario está prácticamente postrada en cama en su celda-enfermería pero ahora también, aunque no sea tan consciente como antes, se sigue ofreciendo al Señor con amor como víctima de suave olor por todas las almas, especialmente por los sacerdotes como era el deseo de santa Teresa de Jesús (“que todas [estén] ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia”) y más especialmente aún por su sobrino seminarista.

Hace unos meses me escribía la Priora de otro monasterio de Carmelitas Descalzas y me decía que no dudaba que mi vocación era fruto de las oraciones de mi tía. Creo que no cabe la menor duda de que el Señor se ha servido mi tía María Rosario para hacerme ver su Voluntad.

Por ello sólo puedo alabar al Señor con el canto que en tantos Carmelos se entona: “¡Gracias, Señor por tus misericordias…!»

JAIME LÓPEZ-RIOBÓO ZÁRATE

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