Ser morada suya

Por Hna. Mª Paz de Jesús

Un domingo más la liturgia de la Palabra nos abre a la grandeza del misterio de nuestra salvación realizada por Jesucristo en su Pascua. Es la grandeza de nuestra vocación humana, don de amor de nuestro Dios Trino, que amándonos nos ha traído a la existencia para ser morada suya, de una forma personal y comunitaria formando el pueblo de su Alianza.

La nueva Jerusalén, ciudad santa, aparece como esposa que descendía del cielo, de parte de Dios. Y tenía la gloria de Dios… Es decir, la presencia de Dios habita, está dentro de la ciudad, la alumbra, es su santuario… Dios lo es todo en ella. Nuestra Santa Madre Teresa dice que: «no hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de mi alma y la gran capacidad»…»que es como un castillo todo de diamante o muy claro cristal … un paraíso adonde Él (Dios) tiene sus deleites»… Sí, ésta es la grandeza y hermosura que Dios ha puesto en nuestro ser, en cada persona.

Dice San Juan de la Cruz: «y no es de tener por increíble que un alma examinada y hallada fiel en el amor deje de cumplirse en esta vida lo que el Hijo de Dios prometió: Si alguno me ama, guardará mi doctrina y mi Padre lo amará e iremos a él y habitaremos en él» No, no es de tener por «increíble», porque como dice Santa Teresita «lo propio del amor es abajarse» y «Dios es amor». Esta es la verdad que recorre nuestra historia y nuestra vida personal, la de un Dios Amor deseoso de darse.

Caminamos humildemente hacia esa plenitud de la mano de María en quien ya se ha realizado plenamente esta realidad. Ella, morada de Dios, habitada por Dios, llena del Espíritu Santo, es nuestra Madre y maestra de camino. Abierta, dócil a la Palabra para recibir el don de Dios, que es Dios mismo. Llena de la gloria de Dios, movida por su Espíritu.

Así nosotros mirándonos en Ella podemos como la primera comunidad cristiana abrir nuestras puertas, nuestro corazón para acoger a los hermanos como don de Dios, para caminar unidos como pueblo iluminados por el Cordero, Cristo Camino, Verdad y Vida. Guardando su doctrina, su Palabra, haciéndola nuestra para que configure nuestra existencia, vamos caminando hacia la nueva Jerusalén, la ciudad celeste, donde Dios lo será todo en todos.

Acojamos la invitación de Papa Francisco en su Exhortación «Alegraos y regocijaos», una llamada a la santidad en nuestro camino ordinario y cotidiano: «Deja que la gracia de tu bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por Él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad es el fruto del Espíritu Santo en tu vida» nº15.

Desde este rinconcito del mundo os acompañamos y alentamos con nuestra oración para que todos, como pueblo de Dios y desde la peculiar vocación que se nos ha regalado, nos abramos a esta hermosa realidad de ser morada de Dios.

Que el Espíritu Santo os colme con sus dones.

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