De nuestro Capellán

Por Don Carlos de Francisco Vega

Mi nombre es Carlos. No tengo nada especial que decir y mucho que escuchar. Con las carmelitas descalzas de León he aprendido a ser capellán, a ser un servidor, a sentirme uno más de la comunidad, siempre desde mi condición de sacerdote diocesano.

Conozco esta comunidad de vida contemplativa desde hace varios años. Su forma de vida, su trabajo artesanal, su profunda formación teológica, su vida entregada a Dios, me han hecho comprender que, cuando se tiene y se pone a Dios en el centro de la vida, las cosas cambian de color, o mejor, se ven de manera diferente aunque sigan siendo las mismas. Es como interpretar el sentido de la vida y descubrir un nuevo modo de existencia.

Las carmelitas descalzas siguen la espiritualidad vivida por Santa Teresa de Jesús y la devoción a la Virgen del Carmen. Son hijas de la Iglesia, fieles a los pastores y amantes de sus hermanos los hombres. Viviendo la clausura, son mujeres de apertura de ideas, de reflexiones maduradas, de estar en el mundo y no seguir sus postulados. Sufren como los demás, sin llorar como desconsoladas. Saben que Dios está con ellas, y todo lo valoran como venido de la mano del Señor. Viven la alegría de su vocación, sin darse importancia, porque son débiles en lo humano, pero fuertes en la fe.

El monasterio, que ellas lo definen como un carmelo en recuerdo a los primeros eremitas del monte Carmelo, está situado en las afueras de León, lejos del ruido de cualquier ciudad, lo que facilita el silencio y la contemplación. En él viven, trabajan y oran más de una docena de carmelitas descalzas con unas edades en plenitud de vida, y alguna ya anciana, a la que apoyan y sirven constantemente.

La vida de comunidad se renueva con suma frecuencia. Además de la elección de la priora y de su consejo cada trienio, todos los años se cambian los oficios de la comunidad, y todas las semanas las tareas más ordinarias: de esta forma todas saben de todo, cada una se interesa por la marcha de la comunidad, y entre todas todo lo hacen. Hacen realidad el viejo aforismo: “lo que a todos afecta, por todos debe ser aprobado”. Es una organización sencilla y eficaz, la imprescindible.

Celebran la Liturgia de las Horas y la Eucaristía como momentos especiales de cada día. En los domingos y festivos algunas personas participan en estas celebraciones, porque perciben el espíritu de recogimiento, el encanto de la música y la solemnidad de la fe. Algunos, además, escogen este monasterio, como casa de oración y de paz, para unos días de retiro y descanso en grupo o particularmente. Merece la pena que se pongan en contacto con la comunidad y reserven los días que puedan.

Algunas personas me preguntan si hacen algo más que rezar. Pues claro: tienen que trabajar, porque aunque ellas con poco se conforman y no se crean necesidades, la vida de comunidad hay que sostenerla. Hacen manualidades, bordados, ornamentos. Disponen de la huerta, no para cultivarla, sino como lugar de descanso, de paseo, de recreo.

Los monasterios a lo largo de la historia han sido focos de espiritualidad frente a la indiferencia cristiana, cuando el mensaje del evangelio ya había llegado a la sociedad y los católicos se sentían seguros de la salvación. También han sido fuentes del saber, cultivando las ciencias, las artes, las bibliotecas. En nuestro mundo de hoy también tienen ante la sociedad, que sigue perdiendo sus raíces cristianas, un reto muy importante: ofrecer la luz de la fe, sin imponerla, y la fuente de la salvación, que nunca se seca.

En la vida vocacional también ofrecen los medios para descubrir a todo católico, joven y no tan joven, su puesto en la Iglesia en un primer momento; luego podrá venir o no la llamada vocacional que cada uno ha de discernir, y en tercer momento la llamada a este género de vida. De manera especial a los más jóvenes, les puede interesar una visita o un diálogo en este monasterio para que, al menos externamente, lo conozcan, y luego, si deciden conocer más detenidamente este tipo de vida, tener unos días de experiencia, participando en su vida litúrgica, de silencio y reflexión, y conociendo de primera mano la vida de cada día: todo esto sin compromiso. El compromiso empezará cuando se decide a entregar la vida por el Señor y servir a la Iglesia católica de forma total y generosa.

Muchos jóvenes toman la decisión, y la van madurando, durante sus años de estudio en una universidad o en un trabajo. Y se plantean si en un monasterio les sirve para algo lo que han aprendido. Yo, desde pequeño, siempre oí en mi casa que “el saber no ocupa lugar”. No se necesita una carrera universitaria o un trabajo para entrar: lo que se necesita es entrega de lo que uno es y de lo que uno tiene. En la vida de comunidad siempre se aprovechan las cualidades personales adquiridas, que pueden ser útiles si son beneficiosas.

Al principio afirmaba que no tengo nada especial que decir y mucho que escuchar. Si alguien lee estas líneas y desea tratar conmigo o con las carmelitas descalzas, a su disposición estoy. A las personas hay que descubrirlas la felicidad, sin que nadie se la robe y sin indicar caminos fáciles. La felicidad para mí es hacer realidad lo que ya proponía Santa Teresa de Jesús: Quien a Dios tiene, nada le falta: sólo Dios basta.

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