TRIDUO: Día 1º. María, sedienta de Dios

Por el P. Roberto Gutiérrez González O.C.D

Leyendo por aquí y por allá, mientras buscaba y preparaba esta reflexión sobre María, leí algo que me impresionó mucho y me hizo pensar… Era un titular que decía así (era el título de una revista con diversos artículos sobre María): María, la mujer que tuvo sed de Dios.

Me parece una imagen y una expresión muy acertada: María es la mujer que tuvo sed de Dios, sedienta de Dios. Es decir, con otra expresión: la mujer que tuvo deseo de Dios… que avivo en sí el deseo, el ansia, el anhelo de Dios…

Podemos decir que ella, que es figura y modelo de tantas cosas, lo es también es este aspecto:Ella es el culmen, el punto culminante de todo el deseo de Dios del pueblo de Israel: la Historia de Israel esta cuajada de buscadores de Dios, de hombres y mujeres deseosos de Dios, con deseos de Dios, anhelantes de la presencia de Dios en medio del pueblo, con ansias de ver el rostro de Dios (Salmo 26: oigo en mi corazón buscad mi rostro, tu rostro buscare señor; o también el tan conocido Salmo 41: Mi alma tiene sed del Dios vivo /¿cuándo veré el rostro de Dios?/ Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a tí, Dios mio. /Tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Pues bien, en la culminación de ese camino de búsqueda… de deseo de Dios, de sed de Dios se coloca María, como la mujer del pueblo de Israel que más deseo a Dios. En ella alcanzan plenitud todos los deseos del pueblo, su ansia de Dios, su espera del Mesías prometido, del Mesías que saciaría la sed de Dios, pues sería “Dios con nosotros”, el Enmanuel… María se coloca en el vértice de ese deseo, de esa voz anhelante, de esa sed de Dios que hizo irrumpir a Dios en nuestra Historia.

Además, María es también el culmen de la sed y el deseo de Dios de toda la humanidad, que busca a Dios, muchas veces sin saberlo…

Hay una imagen, de María muy sugerente. es el pasaje de las bodas de Canán. Allí, cuando María se dirige a su hijo diciéndole. “no tienen vino” (Jn 2, 3). María aparece aquí como el icono de toda la humanidad y de toda la Iglesia que espera saciar su sed de Dios con el vino nuevo de la nueva presencia de Dios en medio de su pueblo y en medio de los hombres que es Jesucristo…

Nosotros, como participes de la humanidad sedienta, y como miembros del nuevo pueblo de Israel (la Iglesia), tenemos que dejarnos interrogar por esta actitud fundamental de María. Nosotros debemos ser buscadores de Dios, sedientos de Dios, deseosos de Dios. Especialmente por nuestra condición de consagrados a la Virgen del Carmen: hemos sido seducidos por la belleza de Dios. Esta belleza divina que nos seduce es la que despierta en nosotros el deseo y la sed de Dios, de buscarle más y más. Su atractivo discreto e irresistible nos empuja por el camino que lleva a querer (desear) conocerle cada vez mejor, a poseerle cada vez un poco más, a experimentar su amor cada vez un poco más…

Dice San Gregorio de Niza: “Dios llena, pero no sacia. Llena y acrecienta la sed, para que lo puedas seguir buscando”. Y sigue diciendo: “Esto le sucede a quien dirige su mirada a la belleza divina ilimitada: lo que descubre continuamente se le manifiesta como algo absolutamente nuevo y sorprendente en relación a lo ya conocido. De esta manera, no cesa de seguir deseando, porque lo que espera es aún más extraordinario y divino que lo ya visto”.

Gregorio es el maestro del deseo en oriente, como Agustín y Gregorio Magno lo son en occidente. Para Gregorio de Niza: el deseo dilata el corazón y lo hace más y más capaz de Dios…

Así este deseo, esta sed, es un elemento dinamizador esencial del camino espiritual.

Pues bien, Mirando a María, la mujer que tuvo sed Dios, la mujer con deseo de Dios, la mujer seducida y arrastrada por la belleza de Dios podemos preguntarnos hoy nosotros ¿cómo andamos de deseo de Dios? ¿Hasta dónde llega nuestro deseo de Dios? Si hiciésemos ahora un análisis de nuestros deseos más profundos: ¿qué lugar ocuparía este deseo de Dios en nosotros? ¿Sabemos dejarnos seducir por la belleza de Dios (y su bondad y su amor, y todo lo que para nosotros es plenitud), para que nuestro deseo de Dios salga vencedor de todos los demás deseos? (porque tenemos que reconocerlo: estamos inmersos en una sociedad tal que suscita en nosotros tantos deseo que a veces podemos correr el peligro que en nosotros se apague el deseo de Dios, que no tengamos sed de Él, que tengamos de sed de otras cosas…pero no de Dios…cuando se nos apaga el deseo de Dios… la cosa va mal…perdemos la pasión por el… y para ser cristianos de verdad y para ser consagrados, hay que ser apasionados de Dios, apasionados por Dios… Como María.  Tenemos que repetir y orar frecuentemente con el salmista: “tengo sed de Dios, del Dios vivo”.

Dicho esto, que me parece de gran importancia, pidamos a María que en nuestras vidas se despertase, avivase y mantuviese en nosotros este deseo y esta sed de Dios… Por ello hermanos pidamos a nuestra madre del Carmen, que nos acreciente ese deseo de Dios, esa búsqueda apasionada del rostro de Dios y como Ella y tantos hermanos nuestros, nuestro rostro quede transformado por la belleza y amor.

Muchos hombres y mujeres se han hecho santos cultivando día a día el amor a la Virgen. “Un espléndido ejemplo de esta espiritualidad mariana, que modela interiormente a las personas y las configura a Cristo, primogénito entre muchos hermanos, son los testimonios de santidad y de sabiduría de tantos santos y santas del Carmelo, todos crecidos a la sombra y bajo la tutela de la Madre” (Juan Pablo II).

La devoción auténtica a la Virgen no les ha llevado a un sentimentalismo estéril y transitorio, sino que ha brotado de la fe y se ha expresado en el amor filial y en el deseo de imitarla en sus virtudes. Nosotros hemos querido, en estos días, mirar el rostro de la Virgen, para descubrir en ese rostro a Jesús, amar a Jesús y seguir a Jesús.

Un ejercicio tan sencillo como es la “novena”, nueve días de camino y de encuentro, nos ha permitido mirar y admirar a la Madre, y aprender a mirar el mundo con el cariño y el amor que Dios lo mira. Que María haga de nosotros hombres y mujeres de hoy. Que vivamos el momento presente, con las luces y sombras de hoy, con valentía y con lucidez, sin avergonzarnos de ser amigos de Jesús en estos comienzos del siglo veintiuno. Que haga de nosotros personas creativas, con la esperanza siempre puesta en el corazón, capaces de servir con lo mejor que tenemos, porque, como recordábamos estos días, lo que gratis nos ha dado el Señor no es para que lo guardemos con siete llaves dentro de nosotros, sino para que lo pongamos en circulación y ayude a los demás.

El Escapulario es don de la Madre del Carmelo y, por ser don, es tarea: ser santos, ser testigos de la luz de Cristo.

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