TRIDUO: Día 3º. María, al pie de la Cruz

Por el P. Roberto Gutiérrez González O.C.D.

En todos los momentos del año es oportuno hacer una reflexión acerca de los dolores de la Virgen María cuando se encontraba al pie de la cruz de Cristo.

Lo que Jesús sufrió en su cuerpo y en su alma, María lo sufrió en su corazón. Ella estaba espiritualmente clavada en la cruz ofreciéndose al Padre junto con su hijo porque Cristo nos salvó con su sangre y María, con el mar de lágrimas que brotaban de sus ojos enrojecidos.

Jesús, que era el Hijo de Dios, el que nos estaba salvando, estaba clavado en la cruz, muriendo de la forma, que en esa época lo hacía, el más vil de los delincuentes. Sufría las burlas y los salivazos de los mismos por quienes estaba dando su vida. Y allí, junto a la cruz, latía el corazón de María, el más tierno y dulce de todos los corazones, atravesado de dolor por culpa de nuestros pecados.

La presencia de la Virgen aumentaba el sufrimiento de Jesús, aunque también era un consuelo para El.

Pero, a pesar de tanto sufrimiento, María no rechazó la espada que le traspasaba su pecho. ¿Qué madre, si pudiese, no elegiría morirse en lugar de su hijo? Pero en estos momentos dolorosos, la Virgen, vuelve a darnos ejemplo de amor a Dios entregándose totalmente a El, igual que en la Anunciación, porque esta Madre entregó lo que más quería: su propio Hijo.

María está junto a la cruz, herida profundamente en su corazón de madre, pero erguida y fuerte en su entrega. Es la primera y más perfecta seguidora del Señor, porque con mayor intensidad que nadie, toma sobre sí la carga de la cruz y la lleva con amor íntegro.

En el Calvario el Padre nos muestra, a todos los hombres, cuanto nos ama y es el momento de la derrota de Satanás. Pero para María es la hora de la fidelidad y de la fe, de la ratificación de su primer SÍ. Y en Ella se hace carne la actitud central en la vida de Jesús: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Esa es su alegría y su aliento aún en el dolor.

Ese amor crucificado de María se vuelve un amor fecundo. Jesús no se ofrenda por sí mismo, sino por nosotros. María no sufre por sí misma, lo hace por nosotros. No se repliega sobre su dolor, lo abre a sus hermanos, representados en ese momento por el discípulo Juan. Jesús, al pronunciar, desde la cruz, las palabras «Mujer, ahí tienes a tu hijo», nos dio a su propia madre como nuestra madre. Entonces María, nos tomó a todos los hombres como sus hijos y con el mismo amor y fidelidad con que permaneció junto a Jesús en el Calvario, permanece junto a nosotros toda la vida. Y Dios ha querido que nosotros, como hijos de María, recibamos todo nuestro alimento espiritual de las manos de Ella, que es la mejor de todas las madres.

María comparte la suerte de Jesús y asume su causa en el momento definitivo de su destino, en el momento del abandono de los poderosos de este mundo. Estar junto a la cruz significa asumir la vida y el proyecto de Cristo y también su muerte hasta el final.

Esta presencia de María al pie de la Cruz nos muestra a una mujer valiente, entera. María no hizo piquetes quejándose por la muerte injusta de su divino Hijo. No se quejó, no se reveló. Simplemente permaneció de pie. Ésta figura es el testimonio más elocuente que nosotros como hijos podemos recibir. Junto a la cruz, la fidelidad a nuestros valores, principios a Dios que es fiel siempre nos pone de pie en la vida.

Cuando parece que todo nos desanima y nos da sensación de bajar los brazos, el Espíritu provoca en el Cristino lo que hizo en María, nos mantiene firmes, de pie.

Los informativos nos muestran cuanto dolor hay en el mundo, cuantas injusticias, nadie levanta la voz por los excluidos. No nos miramos como hermanos, despreciamos la vida. Al ver todo esto decimos “Cuanto dolor inútil por mera ambición egoísta”.

Es así que afirmamos que el dolor, por si solo no salva. Lo que nos salva es el amor, el de Cristo y el de María.

Estamos ante la cruz, misterio tremendo que nos cuesta entender: ¿por qué la cruz?, ¿por qué está tan presente la cruz?, ¿por qué Dios no nos ha salvado de otra manera? La cruz, objeto de adorno para algunos, es para muchos una experiencia de dolor que humilla mucho, una necesidad de ayuda para no caer en la desesperanza, una oportunidad, en el mejor de los casos, para mirar a Jesús crucificado, al Salvador del mundo. María, ¡cómo no!, llevó la cruz, porque quien está cerca de Jesús no puede seguir otro camino que el de él. Al igual que Cristo, también María terminó crucificada, entregada totalmente por la salvación de la humanidad. La cruz está muy presente en nuestras vidas. A unos los destroza, y a otros, sin embargo, les hace recuperar su mayor dignidad.

Si ellos aceptaron el dolor y el sufrimiento fue solo por amor a nosotros. Así nos abrieron la puerta de la esperanza. Es es lo que agradecemos hoy.

Ese dolor que pasamos, por y en el amor, nos puede redimir, unir a la pasión de Cristo. Es el misterio del dolor pero que desde el amor nos redime y salva.

El dolor por si solo nos hace débiles, rebeldes. Cuando el dolor no tiene el sostén de la fe y el testimonio, se hace imposible llevar adelante. Sin la luz de la fe es imposible de soportar. Cuando el dolor se vive desde el amor y la fe da sentido a esa realidad particular, redime.

¿Qué podemos hacer ante la cruz? Estar cerca de quien sufre, es una forma de consolar como nosotros somos consolados. Unir nuestra cruz a la de Jesús y a la de María, para que contribuya de forma misteriosa a la salvación del mundo. Pedir que cuando venga la cruz no nos desconcertemos y sigamos con los ojos fijos en Jesús que inició nuestra fe. El Escapulario nos hace experimentar “la protección continua de la Virgen Santísima, no solo a lo largo de la vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria eterna” (Juan Pablo II).

El Escapulario es un hábito, lo que supone un estilo de vida, una opción por la santidad, alimentada por la oración y los sacramentos. Traducido todo en un compromiso de amor hacia todos, especialmente a los pobres.

Qué lindo es experimentar en este día este auxilio de la Virgen. Ella al pie de la cruz no está como una imagen estática. Esta porque para nosotros, discípulos de Cristo significa mucho. El valor de su testimonio y para cuando experimentamos dolores Su presencia nos dice «No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? Y Jesús nos vuelve a decir a nosotros “No ves que yo hago nuevas todas las cosas.

La cruz, el dolor, asumido desde el amor es lo que redime y hace nuevas todas las cosas.

Hay un testimonio concreto de la virgen muy puntual y específico: el dolor asumido desde y con amor.

El Papa Francisco sigue en la Bula de convocación al Jubileo Extraordinario de la Misericordia dice también: «Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús»

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