SOLEMNIDAD del Carmen

Por el P. Roberto Gutiérrez González O.C.D.

En el ecuador de este mes de julio, con los remos de nuestra fe y de nuestra esperanza siempre en Dios, arribamos a una de las fiestas más populares con color mariano: la Virgen del Carmen. Devoción que, como bomba racimo, pero de gracias singulares, se ha extendido desde hace siglos por Europa y América. Es difícil no encontrar, en cualquier rincón de nuestra geografía, algo que no nos hable de Ella: una ermita, una cofradía, un himno, una procesión, una embarcación, un puerto o esta misma expresión eucarística que estamos teniendo en esta jornada.

  • 1. Desde el siglo XIII, de mano de Simón de Stock (con la entrega de su hábito carmelitano y del escapulario) esta fiesta es signo de protección de María en las horas de la vida (hay que vivir con su brisa) y también en los momentos de la muerte (quien a Ella se confía no cierra los ojos a este mundo desamparado). ¿Se puede esperar más?

Hoy, los pescadores, están de enhorabuena y no menos la Marina Española. Hoy, los hombres y mujeres del mar, le rezan y la ven como ESTRELLA DEL MAR. Y porque, todos en el fondo somos pescadores (algo estamos llamados a pescar en nombre de Dios) y también hombres y mujeres del mar (porque esta tierra es un mar en calma y bravío a la vez) la vemos como faro que nos lleva a buen puerto; como mano que calma muchas tormentas; como luz que se enciende en oscuridades inciertas. Eso, y mucho más, es la Virgen del Carmen. Pero, sobre todo, es el soplo que empuja al gran puerto que es Jesús.

  • 2. Siempre que miramos a una imagen, y especialmente a una iconografía tan dinámica como la del Carmen, nos sorprende que María es un modelo a seguir y, por qué no, una referencia para ser discípulos en el hoy y en el ahora. Aquello que descendió en dulces palabras desde la cruz (en una de las últimas siete palabras de Jesús) “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,26) es por algo y para algo.

-Es porque, cuando la fe ya no brilla, Ella lo hace con luz propia. Y es para que Ella, en este mundo tan mediocre y dónde solo alumbra la zafiedad y la tibieza, nos ayude a no bajar a la guardia en nuestra vida cristiana.

-La piedad a María no puede ser sólo contemplativa (ver, celebrar, cantar, piropear, ensalzar) ha de ser, más que nunca en estos tiempos de dificultades para el cristianismo, combativa (ayúdanos a…protégenos para…empújanos y…). “Obras, obras quiere el Señor”.

– El mundo vacío y sin rumbo (como la barca en plena tormenta en alta mar) no se va arreglar soltando el timón o con horas de lamentaciones. Habrá que mirar hacia el cielo, por supuesto, pero también preguntarnos si la dirección que estamos llevando, los esfuerzos que estamos realizando por el reino de Dios son sinceros, acertados o al aire, con fuerza o débiles, con falsedad o rodeados de una gran convicción: Dios avanza con nosotros. 

-La Virgen del Carmen, en estos instantes con claves re-evangelizadoras, nos puede ayudar a pensar sobre las líneas maestras para presentar el Evangelio a nuestra sociedad. Unas líneas que no son otras que aquellas que, María (y el Papa Francisco también) nos reclaman:

-Sencillez para que el Evangelio sea inteligible.

-Misericordia, para que más allá de las normas se vea el corazón que todos llevamos dentro.

-El compromiso, para que nada ni nadie obstaculice una militancia activa de nuestro ser Iglesia.

  • 3. La Virgen, hoy con este apellido del Carmelo, así nos lo indica. Ante la confusión reinante, y con Ella, hemos de ponernos en camino. Un camino que nos llevará a contradicciones, burlas, rechazos y también adhesiones. ¿Acaso el sendero de María fue sendero de rosas? ¿No será que nosotros hemos tallado una imagen de la Virgen dulce cuando vivió también horas amargas? ¿Bella y estéticamente atrayente cuando lo que encandiló a Dios fue su sencillez? ¿Coronada cuando tan sólo recibió la corona de la gloria en el cielo? ¿O grande, cuando, Dios, se fijó en Ella por su pequeñez.

Hoy, festividad de nuestra Señora del Carmen, recibimos una invitación especial a volver nuestra mirada hacia ella que es para nosotros modelo de creyente, la primera y mejor discípula del Señor, para aprender de ella y con ella cómo debe ser nuestra vida cristiana. En la vida de María resplandecen con un brillo especial dos grandes amores: el amor a Dios y el amor a los hermanos.

Que Ella, nos ayude a que esos dos platos (Dios y hombre) estén equilibrados en nuestra propia vida. “Amor saca amor” decía Teresa de Jesús. No hay amor sin límites, sin farsa y auténtico si previamente no descubrimos, como María, que el inmenso amor de Dios es un hontanar de vida, fe y esperanza. ¡Viva la Virgen del Carmen!

MARÍA, COMO LLUVIA COPIOSA DE BENDICIÓN    

María, la Madre del Señor, es frecuentemente invocada como “Virgen del Carmen”: una de las advocaciones marianas más arraigadas en el pueblo cristiano. El nombre viene del monte Carmelo, en Israel. El Carmelo es un monte bíblico vinculado a la gran figura del profeta Elías, que vivió en la presencia del Señor y fue para Israel “testigo del Dios vivo”. La oración del profeta pidiendo el agua para la tierra sedienta tuvo su respuesta en aquella nube, pequeña como la palma de la mano, símbolo de la Presencia divina y anticipo de María, la Madre del Señor, cuya lluvia de bendición fue Cristo, el Señor.   

JUNTO A LA FUENTE DE ELÍAS    

En el siglo XIII d.C., un grupo de soldados cruzados, recuperados para la cristiandad los santuarios de Tierra Santa, ocuparon las grutas del Carmelo e, inspirados en el ideal profético de Elías, iniciaron una experiencia de vida común, “junto a la fuente del profeta Elías», viviendo “en obsequio de Jesucristo», imitando y honrando a María, la «Señora del Lugar». Aquí y en este monte se da inicio a la Orden del Carmen y nace la entrañable y secular advocación de Santa María del Monte Carmelo».   

VIRGEN, HERMOSA COMO EL CARMELO    

El Monte Carmelo nos habla también de bellos parajes naturales; en la Biblia es ponderada su belleza, junto a los bosques del Líbano y al esplendor de la llanura del Sharon, remitiéndonos siempre al creador de toda belleza y a la misma hermosura de Dios. El Monte Carmelo es una preciosa metáfora de Cristo, Monte de Salvación y “el más bello de los hijos de los hombres” (Sal 44). La Virgen, como el Carmelo-Cristo, participa de la belleza divina. Por eso, también de María, Virgen “Hermosa como el Carmelo” la liturgia canta lo que el profeta Isaías dice de Sión: «Tiene María la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sharon», y de María “semejante al Carmelo” podemos afirmar lo que se dice de la esposa en el Cantar: «Tu cabeza se yergue semejante al Carmelo; tus cabellos de púrpura con sus trenzas cautivan a un rey».   

VIRGEN DEL MONTE CARMELO    

El Carmelo es. en primer lugar, un monte y, como tal, evoca a todos los montes santos que aparecen en la Sagrada Escritura, que son siempre puntos de referencia teológica; coronar su cima es la aspiración del hombre bíblico que anhela gozar de intimidad con Dios: “¿Quién puede subir al monte del Señor?” (Sal 14; Sal 23).   

SANTA MARÍA DEL CARMELO, VIÑA DE DIOS    

Carmelo, significa literalmente: “Viña-Jardín de Dios”, por tanto, un lugar delicioso plantado y cultivado por el mismo Dios, donde el “huésped del Señor” es introducido «para ser saciado de sus mejores frutos». La Virgen, Madre de Dios y Señora del Carmelo, es invocada como «Viña Florida», de la cual nace Cristo, la Vid verdadera (Jn 15), cuya savia nutre a los sarmientos unidos a ella.   

ES UNA DE NOSOTROS    

Para nosotros María es madre amorosa; con nosotros es hermana.  Los carmelitas y los devotos de la Virgen del Carmen somos, como reza el nombre de la Orden: “Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo”. Con este título afirmamos que María no es una diosa; es, enteramente, “una de nosotros». Aunque está llamada a mostrarnos en la cima del Carmelo celeste la gloria de Cristo, nuestro Dios. Como hermana nuestra, la Virgen ejerce de «poderoso imán» sobre nosotros, porque en ella vemos realizado lo que Dios quiere hacer en cada uno de sus hijos. María, primicia de la humanidad redimida y «peregrina de la fe», es la primera en el camino que sube a la montaña, animando nuestro esfuerzo.   

DANOS, COMO SEÑAL, TU ESCAPULARIO 

«Atráenos, Virgen María, caminaremos en pos de ti», mujer de pasos presurosos, apremiada por el amor; Viña fecunda, cuyo fruto es Cristo; Lugar de la Presencia divina, y manifestación de su Gloria; muéstranos tu solicitud materna vistiéndonos el Santo Escapulario, tú que estás vestida de Dios: adornada de fe, esperanza y caridad y revestida de los sentimientos y actitudes de Jesús y de las virtudes evangélicas y domésticas. Amén.

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