Conjugar el verbo acoger

Por el P. Ricardo González del Val. O.C.D.

Todos necesitamos referentes en nuestra vida. Personas que nos hagan sentir que no caminamos solos y que Dios nos acompaña. Todos precisamos de lugares que nos ayudan a reposar, a recuperar las fuerzas gastadas en el camino o curar las heridas con las que la vida misma nos modela. Es reparador hallarse con los que uno quiere, experimentar el cariño de los amigos y de la familia o simplemente contemplar lo cotidiano desde algún rincón mágico.

Jesús se presenta tan humano en el Evangelio de este domingo XVI del Tiempo Ordinario que hasta nos sorprende. Betania era un lugar especial para él, allí sentía el calor del hogar y el abrazo del Padre a través de los amigos. Allí acudía nuestro Señor a descansar rodeado de gente buena porque también Él, aunque Dios era, humano se sentía.

Esta actitud de Jesús nos alimenta en este tiempo de verano donde parece que el calor de la tarde y la suave brisa nos invitan a sentarnos a la puerta de nuestra vida y estar vigilantes a cómo Dios nos habla a través de los acontecimientos y las personas o, simplemente, saborear la presencia de lo Alto en nuestra fragilidad y con ello dar gracias a Dios por tantos hombres y mujeres honrados, comprensivos y sensibles que nos regala en el camino.

Abrahán, Marta y Maria nos disponen para seguir al Señor.

Abrahán nos enseña, en este domingo, a conjugar el verbo acoger. Acoger a Dios en nuestra vida para gozar de su presencia en el Mambré de nuestra cotidianidad. Que el Señor está presente lo sabemos pero necesitamos gustar de esa dulce compañía. Él nos llama antes de que nosotros pronunciemos su nombre. Él mora en medio de nuestras ocupaciones antes incluso de que la fe nos despierte a esa presencia. Dicha acogida nos mueve de la rutina, nos conmueve por dentro, nos desinstala. La presencia de Dios  es la invitación que cada día hemos de escuchar como una suave exigencia en nuestra condición de cristianos.

Imitemos a Abrahán durante estos días de verano y aprovechemos la ocasión que nos brinda este tiempo de calma para dejar a Dios ser Dios en nuestra vida. Dios y las cosas de Dios, porque ¡tantas personas, noticias y paisajes son portadores de buenos mensajes cada día! Que la vida no nos encuentre hundidos en el ruido, afanados por mil y una aventuras o tan dispersos que no seamos capaces de leer el periódico de Dios en nuestra realidad cotidiana. La Virgen María escuchó la voz de Dios y albergó su presencia dentro de sí porque estaba en calma, porque escuchó la voz del ángel y porque asintió a la Palabra desde lo que era, sentía y tenía.

Marta nos educa en la actitud del servicio. Ella la que vivía afanada por atender todos los detalles del hogar, porque no faltase nada en su sitio. Ella que comprendió que “entre los pucheros anda el Señor” (Santa Teresa de Jesús, F. 5,8) nos da una lección generosa de trabajo, acogida y solidaridad. Tantas veces nosotros estamos cerrados a los demás, en tantas ocasiones tenemos el corazón endurecido para no ver ni sentir al otro como un hermano nuestro, tantas veces somos tan parcos en palabras de agradecimiento, en gestos de ternura y en miradas de amor. En tantos momentos hemos de pedir perdón al Dios de la misericordia, entonando el mea culpa, porque parece que nos cuesta vivir abiertos a los demás y comprometidos con ellos.

No vamos a entrar ahora en los pasados gloriosos de la espiritualidad cristiana que ponderaban más la actitud de María que la de Marta, alabando aquella y menospreciando esta. “Creedme, que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no hacerle mal hospedaje no le dando de comer” (Santa Teresa de Jesús, 7M. 4, 12). El servicio y la contemplación han de ser el díptico donde mirarnos, la ruta diaria a seguir. La Virgen Madre desde el misterio de la Anunciación y de la Visitación nos inspira a ello recordándonos el camino que conduce a la salvación.

No dejemos de meditar en paralelo el texto de hoy con el pasaje recogido por Juan en capítulo 12 de su evangelio, versículos del 1 al 8, en el que Marta inicia un diálogo profundo con Jesús donde reconoce su poder. Ella entiende a Jesús como alguien que hace milagros a los enfermos y resucita a los muertos. En aquella tarde trágica para esta familia en la que Lázaro había muerto, Jesús responde a Marta diciéndole que su hermano resucitará y ella lo ratifica desde su fe judía. Jesús, en un emocionante diálogo, hace madurar la fe de esta mujer presentándose él mismo “como la resurrección y la vida” (Jn.11, 26) La escena, tras un profundo acto de fe, nos presenta a Marta como la primera cristiana verdadera ya que reconoce a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios que ha venido a este mundo para salvarnos, para regalarnos una Vida que no conoce el ocaso.

Sin lugar a dudas, muy distraída no estaría Marta para presentarse así y proclamar este credo de fe en su vida. Algo de las cosas de Dios estaría muy presente en su historia como creyente. Quizás Marta nos dé una lección de cómo vivir la presencia de Dios en medio de nuestras ocupaciones, tareas y obligaciones diarias. Ya que por muy afanada que estaba, creyó. Por muy preocupada que la pintan supo creer en los momentos de dolor presentándose como una mujer valiente y llena de fe.

María nos estimula en el camino de la contemplación en estos días de estío y quietud. Exhaustos de los trabajos y, quizás, un tanto fatigados, María nos enseña a gustar del silencio, del canto de los pájaros, de la belleza del atardecer y del recogimiento que necesitamos para descubrir que a pesar de todo, Dios está con y en nosotros. Ella que escogió la mejor parte nos recuerda que también nosotros debemos dedicar un tiempo al Señor y ver su mirada cariñosa en todo lo que nos rodea. El tiempo invertido en ponernos humildemente ante Jesús, merece la pena, pues es necesario escuchar su Palabra y sentir su eco en lo más profundo de nuestro ser.

María, la hermana de Lázaro, desde el hogar de Betania nos anima a descansar y a fortalecer la fe, la esperanza y el amor en nuestro seguimiento de Jesús. Ella nos recuerda que el norte de nuestra vida siempre es Él, el Dios amigo que mora dentro de cada uno. Tan necesaria es esta actitud como la de Marta en la Iglesia y en medio de la comunidad porque si no podemos caer en la tentación de predicar una filosofía, un programa de vida, ser una O.N.G. más olvidándonos de que hay Alguien que nos espera, que nos ama con locura y que quiere compartir nuestra vida.

María nos anima a ir por caminos no andados, los del Espíritu que aletea nos sostiene y acompaña. “Todo es servir al Huésped que se viene con nosotros a estar y a comer y a recrear” (Santa Teresa de Jesús, C.17, 6)

¡Feliz domingo!

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