Animosos por la certeza de la promesa

Por D. Luis García Gutiérrez. Sacerdote. Diócesis de León

El tiempo litúrgico del Adviento queda ya muy lejano, sin embargo, las actitudes que más se destacaban en aquellos días no están ahora fuera de lugar en todo momento y en cada acontecimiento de la vida. La virtud cristiana de la vigilancia es para todos y para todos los tiempos. Así se pone de relieve en la liturgia de este domingo. El estar en vela, la vigilancia, el estar despiertos para ser conscientes de la presencia de Dios que actúa, sobre la orientación de nuestro obrar y de nuestra existencia.

Esta expectación ante la intervención de Dios es la que experimentó el pueblo de Israel en la larga espera hasta la noche de la liberación (primera lectura); acontecimiento fundamental y fundante de la comunidad hebrea: «dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad» (salmo responsorial). Aquella noche santa fue salvación y condena, para Israel y para Egipto, respectivamente. Pero la reflexión sobre aquel evento no sólo se centra en el momento del Éxodo en sí, sino que nos hace tomar conciencia de las actitudes de esperanza y ánimo que caracterizaba a los antepasados: «para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo». De esta manera tan hermosa, el libro sagrado nos enseña en el tiempo actual a educarnos en la vigilancia para en el confiar en Dios y en su palabra.

A esta confianza invita calurosamente el Señor: «no temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Evangelio). Seguidamente invita a la actitud de la vigilancia con metáforas bien expresivas: «tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas»; además, aclara sus palabras exhortando a sus interlocutores por medio de las parábolas de los criados que esperan el regreso de su señor.

Las palabras del Maestro concretan con claridad en qué consiste la vigilancia: la disponibilidad generosa y la responsabilidad para cumplir con la tarea encomendada: «y si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos»; la conciencia de no saber el momento del regreso del Señor: «estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre»; la justa relación con los demás, especialmente con los que dependen de nuestra acción o están subordinados a nosotros: «el administrador fiel y prudente a quien el señor ha puesto… para que reparta la ración de alimento a sus horas»; la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad del Dueño de la Casa: «el criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes».

Las mismas parábolas anuncian el premio de la vigilancia: «en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo», «lo pondrá al frente de todos sus bienes»; es decir, Dios mismo será su premio, participarán en el Banquete mesiánico y recibirán la herencia prometida.

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