2ª parte. Mi Cercanía a los Místicos

Experiencias de un músico arraigado en el Carmelo

MIS TRES (2ª parte)

Por Alberto Ramos. Cantautor y escritor

Pasaban los días, las semanas, los meses, los años… y nuestro proyecto musical para Isabel Catez no salía adelante. No sólo eso, es que parecía voluntad de Dios que no saliera. ¿Pero cómo era posible que Él inspirase algo tan noble para luego retractarse?, no pegaba ni con cola. Si Él sabía, como sabe, que de todo esto se podían sacar grandes bienes, la razón de que aquél bloqueo persistiera tenía por fuerza que venir de otro lado. Comenzamos a sospechar que había una mala voluntad entorpeciendo el proceso, y esa mala voluntad no podía ser otra que la de “el patas”. Así que, tanto servidor como ambas Comunidades Contemplativas del Carmelo con las que estaba en contacto, redoblamos nuestras oraciones y sacrificios por el bien del proyecto. La producción era francamente cara, por lo que necesitábamos el auxilio del mecenazgo. Envié mi maqueta a una editorial de prestigio que también realiza incursiones en la rama discográfica. Valoraron mi trabajo, pero me fue denegada la ayuda bajo pretexto de que ya tenían cerrados los presupuestos para el próximo curso. ¿Pero no se cerraban en Septiembre?…, aún quedaba tiempo. A mí me sonó a excusa barata. Además, no se trataba de una pequeña empresa sino de una firma muy potente a nivel nacional e internacional, con enormes posibles para haber incluido un proyecto relativamente modesto como el nuestro. Era evidente que no querían arriesgar su dinero con un desconocido. Pero hasta los más famosos en el pasado fueron desconocidos; dejaron de serlo gracias precisamente a que un afortunado día alguien confió en ellos y en su talento. Sencillamente no tuve suerte con los gustos de aquel director; si hubiese sido otro igual la suerte también hubiese sido otra. Tras este revés era comprensible nuestra desazón al ver que poner en marcha semejante tarea no era tan sencillo como a priori pudiera parecer. Alguna vez una Hermana a pie de reja me llegó a decir que “Isabel estaba tan metida en la Trinidad que no oía nuestras oraciones”, lo cual me arrancaba una amplia sonrisa. Pero yo sabía en lo más hondo de mí que esto no iba a quedarse en nada; que el Señor, sin duda, tenía sus planes, su día y su hora para esta obra. Quizá permitió aquél traspiés para hacer brillar aún más Su gloria cuando llegase la solución al modo de Dios y no de los Hombres.

Mientras, seguían pasando días, semanas, meses… Una tarde de primavera, de paseo por el centro de una ciudad del noroeste, iba pensando en mis cosas mientras canturreaba melodías nuevas a desarrollar para posibles futuros discos, tanta era mi fe… Esto provocó que recordase el proyecto aparcado de nuestro musical, como tantas veces a lo largo de esos años venía recordando de vez en cuando, como quien suspira por un amor lejano que nunca acaba de llegar. Al pasar por una calle peatonal topé con una parroquia de la que no recuerdo el nombre. A medida que me acercaba advertía que un gran cartel desplegaba su amplio anuncio desde lo alto de la torre del campanario hasta rozar la puerta de entrada. A medida que avanzaba me llamaba más la curiosidad, hasta que por fin di en ver lo que mostraba. Me quedé de piedra sin dar un paso más. Una gran foto de Isabel de la Trinidad anunciaba su próximo Centenario para el año siguiente. “¿Pero a qué iglesia he llegado?”, me preguntaba sin entender por qué mis pasos dieron de bruces con aquella… ¿nueva diosidencia?. Junto a la puerta pude verlo, se trataba de la parroquia de los PP. Carmelitas, ¡vaya coincidencia!. Volví la vista al cartel. Al mirarla sentí la pena propia de los que pretenden un sueño y no logran sacarlo adelante. Qué bello sería si ahora que se acercaba el Centenario pudiésemos hallar el mecenazgo que necesitábamos. Fijándome en ella, en mi corazón le hablaba diciéndole que me apenaba que se pasaran los años y no pudiéramos sacar “su disco”, que nos ayudase desde el Cielo pues yo no podía creerme que por muy metida que estuviese en la Santísima Trinidad no le llegasen nuestros ruegos, antes o después estaba seguro que los escucharía. La esperanza es lo último que se pierde, o eso se dice, más un cristiano sabe que la fe mueve montañas y que por ello no ha de perder nada, ni siquiera la esperanza. Sin más demora continué mi camino, contento de aquél providencial encuentro con la santa. Pasaron aún muchos más días y semanas. Yo ya llevaba un año trabajando como docente. Aquél curso me llamaron de Asturias para ejercer a la vera del mar, todo un regalo para los sentidos del alma y del cuerpo. Un buen día de Febrero subí al hospital de Cabueñes. Dichosa manía mía, que por si fuera poco el tiempo que paso por corredores y salas de hospital no tenía otra cosa que hacer que irme a comer allí. Oye, pareciera que los pies me fuesen solos, mala costumbre. Una vez hube terminado, nunca me iba sin visitar la capilla. Ante JESÚS veía claro que había mucho por lo que rogar y muchos por los que pedir. A la salida tomé el urbano que me dejaría de nuevo en el centro. De pronto sonó el teléfono. Para mi sorpresa era la Hermana anunciándome que el Cielo nos había enviado a un mecenas. “Qué yé, Hermana?, no me lo puedo creer”, le solté medio nervioso. Un caballero de corazón noble y devoto del Carmelo había escuchado mi maqueta, con tan buena fortuna que al devolverla dijo a la Hermana que “aquello era de Dios, que no podía quedarse guardado en el olvido de un cajón”. Pero la Hermana le presentó las dificultades económicas para enfrentar un proyecto así. No había problema, él correría con todos los gastos. “¡oh Dios mío, ¿de verdad?…”. “Si. Pero con una condición: no he de salir en los créditos, deseo total anonimato”. Detalle de todo un santo que desea hacer el bien sin tocar la trompeta, como manda el Evangelio. Así se cumplió. A día de hoy ni sé quién fue aquél hombre que el Señor puso en nuestro camino, ni creo jamás que lo sabré porque la Hermana ha sido fiel, a rajatabla, en cumplir su deseo. Pero rezo cada día por ése hombre, es lo mínimo que puedo hacer por su gran generosidad. La firmeza que no tuvo un alto ejecutivo de una prestigiosa editorial-discográfica la demostró un desconocido que no dudó en arriesgar su dinero por el modesto proyecto de unas humildes monjas y un joven músico en alza. Cosas de Dios. Ya teníamos presupuesto, así que llamé al Estudio de Grabación, plantee todo al director y envié la maqueta. Era abril. El proyecto echaba a andar.

Continuará…

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