¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!

Por Thierry Rabenkogo. Seminarista. Seminario San Frolián de León.

La noticia que abre los telediarios en este tiempo de verano es la del fuego. Vemos hectáreas y hectáreas quemarse por culpa de una simple colilla o la chispa de un motor. No deja de sorprender que un comienzo tan humilde consiga acabar con la flora en kilómetros a la redonda. Las hermanas Carmelitas son testigos del avance del fuego y del miedo que puede generar en sus víctimas. Porque pasó un incendio cerca del convento y Dios obró el milagro.

Es oportuno que la liturgia de nuestra Santa Madre Iglesia de este domingo nos hable de fuego en la temporada de fuegos. La imagen es iluminadora para nosotros. Jesús nos dice que ha venido a prender fuego y ojalá ese fuego estuviera ya ardiendo. El Espíritu Santo es el fuego, Él es la llama que se nos pone en nuestro corazón el día de nuestro bautismo con la esperanza de que con la ayuda de nuestros padrinos, padres y la comunidad cristiana entera la dejemos crecer.

La pregunta que nos podemos hacer al leer este evangelio de hoy es ¿Cómo se deja crecer la llama? Dejando que el Espíritu Santo nos recuerde tres cosas: nuestra identidad de hijos de Dios, la ley del amor y soltar el control.

Somos hijos de Dios, sin esa mentalidad no podremos hacer nada. De allí que nos seguiremos guiando con las normas de este mundo, teniendo una mentalidad terrenal en vez de vivir según la mentalidad del Reino. Si soy un águila pero vivo como una gallina, estoy desperdiciando todo el potencial puesto en mí. Usando una imagen actual, es como dar a un bebe un Smartphone de última generación. Lo va a destrozar y disfrutará, pero ese no es el uso para el que se creó. Es por eso que muchos cristianos caminamos como huérfanos, faltos de fuerza, porque hemos olvidado nuestra identidad. El hijo prodigo cuando descubrió que a pesar de los pesares la casa del padre era mucho mejor que la casa de esclavitud, se le abrió el cielo. Descubrió que tenía toda la hacienda de su padre en heredad, y que no moriría de hambre porque en su casa tenía unos recursos ilimitados. Es importante para nosotros recordar esa verdad, sencilla, pero fundante. Nuestro padre es Dios y tenemos todo el cielo y todos sus recursos para disfrutarlo cada día de nuestra vida. Nuestra manera de creer afecta  a nuestra manera de caminar.

La segunda cosa que el Espíritu viene a recordarnos es la Ley del amor. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado» (Romanos 5,5). Esa ley nos recuerda que hagamos lo que hagamos nunca podremos ganarnos el amor de Dios ni tampoco hacer que nos deje de amar. Es necesario saber que lo que vales no depende de lo que haces sino del amor con que eres amado. Su amor por nosotros es incondicional. Sin darnos cuenta tenemos una mentalidad que nos hace vivir con una indignidad bloqueante. No somos capaces de ver la Gloria de Dios en nuestra vida, su amor y su providencia cada mañana. Nos gusta el juicio, el ganarse a pulso la salvación. La gratuidad de su amor nos es difícil de aceptar. Solo tenemos que abrirnos a la salvación que Cristo nos ofrece. Primero es don y después dejarnos hacer por Él. El conocer el Reino nos compromete a vivir conforme a ese Reino. Primero don y después tarea. Pero siempre la iniciativa es suya. Él nos amó primero.

Y por último el Espíritu viene a mostrarnos la necesidad de soltar el control. Si somos hijos, que vivimos según la ley del amor, nuestra vida debe girar en torno a implementar ese Reino. No hay barreras para quien ama a Dios. Necesitamos abrirnos a la creatividad del Espíritu, buscando nuevas formas, nuevos métodos de anuncio de la buena noticia.  Para llegar a ese nivel de libertad que observamos en los apóstoles, es necesario dejar nuestra voluntad para hacer la de Él. Es dejar de vivir según mis gustos para vivir según los gustos de quien me amó. Su voluntad es mi vida. Es un estilo de vida que abraza a toda la persona. Es un fuego devorador que nos lleva a vivir de gloria en gloria. Es  una cultura, la Cultura del Reino. No puedo parar de sembrar en todas partes y en todo momento. Es ser levadura en medio de la masa. Si nuestra vida de creyente no interroga al que no va a misa tenemos un problema.

Es lo que entendió la Arabita (beata María de Jesús Crucificado). Su vida es apasionante y merece la pena leer su historia y su vivencia con la Santísima Trinidad. No tiene estudios pero tiene una preciosa doctrina sobre el Espíritu Santo. De la mano de María, su madre del cielo, redescubre su filiación divina.  Se da cuenta que es muy poca cosa, pero en esa poca cosa Dios quiere hacer obras grandes. Que la ama de un amor eterno y sin medida y se lo demuestra cada día en el regalo de su Espíritu. Suelta el control de todo y deja que Dios sea Dios en su vida. Busca el Reino primero, el hacer la voluntad de Dios y no la suya. Así, esa llama chiquita se convirtió en un fuego que ardió de amor aquí en la tierra y ahora intercede por nosotros desde el cielo. Jesús está deseoso de verte ser esa llama que contagia todo lo que hay a su alrededor.

Terminamos con una oración de la Arabita al Espíritu Santo: Oh Espíritu Santo, inspírame, Amor de Dios, consúmeme, por el buen camino guíame. María, madre mía, socórreme, con Jesús, bendíceme, de todo mal, de toda ilusión, de todo peligro, presérvame.

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