La Verdad acaba siempre en el Amor

Por el P. Pio de LUIS VIZCAINO, osa

SAN AGUSTIN, OBISPO DE HIPONA (354-430)

Cuando se trata de san Agustín, ofrece tanto interés su vida como su pensamiento. Su pensamiento fue rico porque lo necesitó para vivir siempre a tope, aun en su extravío; su vida fue igualmente rica porque la alimentaba de ideas profundas, de distinta procedencia, sin duda, pero que él había hecho propias.

Por poco que uno conozca su historia, sabe que fue educado por su madre santa Mónica en la fe católica; que, al inicio de su juventud abandonó la Iglesia y se afilió a una secta, la maniquea; quizá sepa también que se dejó cautivar con la promesa de que siempre le ofrecerían razones y solo le exigirían fe tras haberle dado las razones prometidas.

El problema de las relaciones entre fe y razón acompaña siempre a las religiones reveladas. Que, si Dios habla, hay que darle fe, ningún creyente lo discute. El problema se plantea si el mensaje recibido de él resulta inaceptable para la razón. En este caso, cabría pensar o que el mensaje no es divino –y entonces no hay porqué aceptarlo–, o que el Dios que supuestamente ha hablado es irracional –y entonces hay que rechazarlo–.  San Agustín vivió el problema en toda su intensidad durante su período de militancia maniquea hasta el punto de que, cuando lo solucionó, dejó de ser maniqueo.

La solución a que llegó la dejó formulada en dos máximas que mantienen una relación dialéctica entre el polo de la fe y el de la razón. De las dos, la más conocida es esta: “Cree para entender” (crede ut intelligas) que, sin embargo, ha de ser completada con esta otra: “Entiende para creer” (intellige ut credas). En solitario, ninguna de las dos es suficiente, pues la verdad completa reside en la conjunción de ambas.

Con la primera máxima, inspirada en un texto profético (Is 7,9), el santo expresa el sentido o valor de la fe: es condición necesaria, camino seguro, para lograr la inteligencia del misterio que Dios ha revelado en Cristo, las verdades fundamentales que han de orientar la vida del hombre: la verdad sobre Dios, sobre uno mismo, sobre el mundo, sobre la historia, etc. Con la segunda manifiesta la racionalidad de la misma fe. Por una parte, Dios es demasiado grande y el hombre demasiado pequeño: por ello, si la pequeñez del hombre quiere acceder a la grandeza de Dios ha de comenzar por creer lo que le revele. Por otra, Dios ha privilegiado al hombre con el don de la inteligencia que ha de utilizar siempre, hasta para creerle, pues de lo contrario, la fe no sería un acto humano.  Por ejemplo, se requiere que sea creíble quien le pide la fe, que entienda qué se le pide que crea, etc.

La vida entera de san Agustín está resumida en esas dos fórmulas: la primera etapa, hasta su conversión, resume su esfuerzo por encontrar razones para creer; la que sigue a su conversión, el empeño por comprender lo que había creído. Pero no cabe pensar en el santo como un puro racionalista, pues en él la verdad es inseparable del amor, igual que el amor lo es de la verdad, según recalcaba con machacona insistencia, siguiendo huellas agustinianas, el papa emérito Benedicto XVI. La verdad acaba siempre en amor y el amor presupone la verdad.

El problema de las relaciones entre fe y razón sigue planteándose hoy, quizá con más fuerza que nunca. En ese contexto, san Agustín se convierte en luz. Luz como ejemplo histórico en cuanto hombre que no esquivó el problema, sino que lo atacó de frente. Luz también desde su respuesta existencial. San Agustín mismo, su persona, se convierte en argumento que hace razonable creer en Cristo. Recuerdo una conversación en Roma con un profesor al que le pesaban demasiado las sombras que siempre acompañan a la fe cristiana. Buscando luz volvía los ojos a santo Tomás de Aquino y a san Agustín –las dos mentes más brillantes de la Iglesia de Occidente y, también, dos de las mayores lumbreras de la humanidad–. El docto hombre afirmaba que el obispo de Hipona le ofrecía más seguridad. La fe del genio que, sin duda, fue santo Tomás le decía poco: la trayectoria de su vida religiosa había sido lineal: siempre en el seno de la fe católica, desde la cuna hasta el lecho de muerte, en el marco de una sociedad totalmente cristiana y católica. La fe católica de Agustín, en cambio, fue batallada: la recibió de niño, la perdió de joven y la reconquistó después de muchos envites y embates. Si ganó la guerra, fue tras experimentar más de una derrota. Que una inteligencia tan preclara, después de contemplar y examinar en profundidad otras alternativas seductoras, haya acabado aceptando le fe en Jesús es motivo para creer; hace la fe racional. Intellige ut credas (comprende para creer): un “comprende” en relación con el cual Agustín investigó cuanto había que investigar con el resultado de acabar aceptando la fe. Si la fe fue racional en él, ¿por qué no va a serlo en los demás?

Al mismo tiempo, san Agustín se convierte en ejemplo que condena la fe del carbonero, tan ensalzada con más frecuencia de lo que sería deseable. Cuando recibimos un regalo, de ordinario lo recibimos en un envoltorio adecuado. Y lo primero que hacemos es descubrir el regalo desliando el envoltorio. Pues bien, la fe es el envoltorio en que nos llega el regalo de Dios, y tarea de nuestra vida es justamente desliar el envoltorio para entrar en contacto directo con el regalo. Una tarea que durará toda la vida y no será suficiente. Aunque el conocimiento pleno del don de Dios está reservado para la vida futura, eso no obsta para que ya aquí tratemos de vislumbrarlo al menos y disfrutar de ese vislumbre. Eso hizo Agustín: su importante obra teológica no buscaba otra cosa que desliar el envoltorio que es la fe. Tarea ardua, pero gratificante. Supo bien que, aun siendo la fe un regalo, no era el regalo. Y, procurado no romper el envoltorio, tenía prisa por descubrir lo que ocultaba. Porque cuanto más lo conociese tanto más lo amaría. Es cierto que, con frase del santo, la medida del conocimiento la da la medida del amor (Non intratur in veritatem nisi per caritatem) pero también lo es que sólo se llega al amor si precede un conocimiento. Que la fiesta de san Agustín nos afiance en la fe que él abrazó tras tantos sudores y lágrimas de su espíritu y, al mismo tiempo, tomando ejemplo de él, no la archivemos; más bien hemos de “manipularla” día a día tratando de descubrir el maravilloso don de Dios que encierra.

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