Teología de la humildad

Por Jorge de Juan Fernández. Sacerdote. Diócesis de León.

Jesús, conocedor del corazón del hombre, y de su reacción en muchas situaciones humanas, aparece en el evangelio de hoy observando y enseñando.

Durante la comida, aquel sábado, el Señor legó dos lecciones importantes: una dirigida a los «invitados» y otra al «anfitrión». Al dueño de la casa, Jesús le dijo: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos…». Como Maestro, sabe que la lección sólo cobrará plenitud de sentido cuando las palabras son acompañadas por los hechos, y así sucede en su manera de proceder. Dios invitó al gran banquete del Reino a los pobres, a los afligidos, a los humildes, a los hambrientos, a los perseguidos (las categorías de personas mencionadas en las Bienaventuranzas). Por otra parte, Jesús exhorta a los «invitados»: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar…». Con estas palabras no pretende dar lecciones de buena educación, ni siquiera alentar a un sutil cálculo para que el último de la fila se convierta en el primero. La parábola nos invita a romper con la literalidad del texto y observar que el banquete es el Reino y el dueño es Dios.

Todo el Evangelio de hoy es permanente teología de la humildad, y podría quedar resumido en una máxima recogida en el mismo: «El que se humilla, será ensalzado». Como tantas otras palabras, esta frase nos da un verdadero retrato del corazón mismo de Cristo. Él es el que verdaderamente se ha humillado, despojándose totalmente, hasta el extremo de la muerte en cruz. Por eso precisamente Dios Padre le ha exaltado sobremanera y le ha concedido una gloria impensable (Fil 2,6-11). Él nos enseña por dónde se alcanza ese oculto deseo de gloria que todos llevamos dentro. La humillación es el único camino, no hay otro. Cristo quiere desengañarnos y lo hace convirtiéndose él en modelo y caminando por delante.

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos invitar a revisar muchas de nuestras actitudes cotidianas. Tenemos que aprender a compartir bienes, ayuda, colaboración, compañía, y muy especialmente la Buena Noticia, pues la mayor pobreza, absolutamente hablando, es la de quien no tiene a Dios.

Debemos aspirar a la pobreza de espíritu en el sentido que Jesús le otorga a esta expresión en el Monte de las Bienaventuranzas: el que está plenamente convencido de que todo lo ha recibido de Dios y que al final de cuentas no es dueño de sus cosas, sino administrador de las mismas. Esto implicará disponibilidad para compartir sin exigir, preferencia para ser el último en el “mundo”, pero el primero para Dios.

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