5ª Parte. Mi Cercanía a los Místicos

Experiencias de un músico arraigado en el Carmelo.

MIS TRES (5ª parte y última)

Por Alberto Ramos. Cantautor y escritor

Por discreción daré un nombre ficticio a las identidades de este relato verídico y me limitaré a escribir una recreación de los hechos, acaecidos algún tiempo después de la carta misteriosa. Disculpadme, ya que puede estar feo que sea yo quien os lo cuente, pero sino ¿quién os lo podría revelar?…

“En un lugar de España de cuyo nombre SÍ quiero acordarme…”. Una persona amiga había pasado por la habitación de Manuel. Manuel era joven, apuesto, deportista y… ateo. Había vivido prácticamente en un ambiente mundano, lleno de gentes vanidosas, superficiales y vacías de sentido. Un mal golpe del destino le tenía ahora postrado en el hospital, viviendo sus últimos meses devorado por un cáncer bastante agresivo. Llevaba varios días silencioso, ausente, sin reacción alguna a comentarios y propuestas, sin duda perseguido de horribles pensamientos, como esas almas largos años apartadas de todo sentido existencial que se arrastran sin esperanza por los senderos de lo absurdo e incomprensible. Era evidente que estaba mal y no tenía humor para nada. Quería estar solo, o al menos que le dejasen en paz, y no era para menos. Mi amiga Antonia, que colaboraba allí los fines de semana, intentaba por todos los medios animarle a entablar un diálogo más profundo sobre su situación, a ser posible desde la ayuda que presta la Fe. Pero irle a un ateo con asuntos de Fe es poco menos que reírse en su cara o algo por el estilo y la patada verbal estaba asegurada. ¿De qué Dios se le puede hablar a un enfermo terminal y desesperado?. Los días se sucedían sin que Manuel mostrase ánimo alguno, siempre con el ceño fruncido y la amargura en sus ojos. Las enfermeras, los médicos, el servicio religioso del hospital…, todos fracasaron en sus varios intentos por animarle a desahogarse de forma más explícita. Cosa comprensible desde la perspectiva meramente humana. Hasta cierto punto comprensible desde la dinámica cristiana. Pero nada. Lágrimas en silencio y dolor en la familia que veía apagarse a uno de los suyos en plena flor de la vida. Triste, todo en aquel cuarto era muy triste.

Un buen día, Antonia tuvo la providencial idea de hablarle de algunos santos que habían pasado por una situación similar. A Manuel no le pareció ningún consuelo, por aquello de “mal de muchos consuelo de tontos”. La paciencia hubo de practicarse al máximo a la espera de que el joven mostrase algún resquicio de entrañable debilidad, pues la mayor parte de las veces que se dignaba a hablar era para despotricar, tal era su dureza de corazón. Pero las palabras de los santos expresan un sentir muy profundo, distinto a lo que muchos enfermos solían expresar y distante de lo que Manuel solía mostrar doliéndose de su terrible circunstancia. Cuando Antonia le habló de ellos con más calma él, por primera vez en varios días, giró su cabeza en la almohada y prestó alguna atención. Esas palabras le cuestionaban irremediablemente y comenzó a picarle el gusanillo de la curiosidad por saber quiénes eran y qué más decían. Su lucha espiritual había comenzado. Antonia jamás desistía en sus intentos y además de rezar por él con todas sus fuerzas se confió plenamente a la oración de la Iglesia e invitó a otras muchas personas a rezar también. Así que, otro buen día, no se le ocurrió otra cosa que llevarle una cinta de casete con los temas de MIS TRES y hablarle de sor Isabel de la Trinidad. Su cara era todo un poema. No sabía si reír o llorar.   

  • “¿Canciones de misa?…, ¿a mí?…, venga yaaa”.
  • No son cantos de misa. Son reflexiones musicalizadas de los escritos de una santa que experimentó la enfermedad, como tú”.
  • “Oye, si me vas a estar dando la chapa con monsergas religiosas preferiría que te fueras, y que dejases de venir por mi habitación”.
  • “¡Pero mira que eres bruto!_ Le reprochó Antonia visiblemente molesta_ Manuel, aquí todos te apreciamos mucho y nos preocupamos por ti. No es justo que nos trates así”.
  • Déjame de rollos…, que la Iglesia no me gusta un pelo. No sólo no me gusta, es que me ofende”.
  • Tú escúchalas, no pierdes nada con eso. Y si no te gustan me lo devuelves y tan amigos”.
  • Psssch…, por mí llévatelo, no lo dejes ahí. Yo paso de esos cuentos”. Ella hizo oídos sordos y dejando el casete sobre la mesilla se dio media vuelta y se marchó.

Los dos primeros días Manuel ni se acordó del casete. Al tercer día lo miró bastante incrédulo y al cuarto extendió su brazo y lo tomó en sus manos. Contempló el título original: “Mi Dios es plenitud”, y los títulos de los temas escritos de mi puño y letra. Su mirada se clavó con especial énfasis en dos muy concretos: “Morir crucificada” y “Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro”, la promesa de entrega de vida de sor Isabel y su célebre Elevación a la Trinidad. El primer título le producía un cierto escalofrío y el segundo, pese a su público ateísmo, no dejaba de dulcificar su mala sensación. Su razón le llevaba a rechazar casi instintivamente todo lo que tenía que ver con las dos “des”: Dios y dolor. Pero, extrañamente, su corazón había experimentado un vuelco ante la lectura de aquellos títulos. ¿Qué venían a significar?, ¿cuál sería su contenido?. Casi que no quería reconocer en sí mismo esos nuevos sentimientos. Pero no podía engañarse, sabía que eran reales y que se oponían fuertemente a su natural rechazo de todo lo sagrado. Comprendió entonces aquello que tantas veces había oído de labios de Antonia: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Y el corazón de Manuel ansiaba respuestas y sufría desolado ante una realidad que le superaba. No se quedó ahí. Sacó la cinta de su carcasa, la miró y remiró. Finalmente cogió el radiocasete, se puso los cascos y le dio al play. Cuando Antonia volvió el viernes siguiente se encontró a un embelesado Manuel escuchando la cinta. Éste rápidamente se escabulló bajo la sábana, medio avergonzado de haber sido descubierto, temiendo quizá algún tipo de reproche. Pero ella no sólo no le reprochó nada, sino que se congratuló de que por fin se hubiese decidido a escucharla. Carraspeando y con cierta timidez él le preguntó: “¿Ésta…, ésta tal Isabel…, se hizo monja, no?”. “Si, si, Carmelita Descalza. Pero vivió hace más de un siglo, no creas”. Manuel le confesó que aquellas canciones le habían sorprendido gratamente, sobre todo por su letra. Aquellas palabras hondas y llenas de bondad le habían tocado la fibra. Inesperadamente Isabel se había convertido en una nueva amiga que le hablaba de un Amor distinto, muy grande, muy real, que nada tenía que ver con los tópicos y chismes que se decían de la Iglesia y de Dios entre los de su cuadrilla, ni con los que estaba acostumbrado a oír en sus ambientes alejados de la Fe. Para él era como haber hecho un descubrimiento extraordinario y se empezó a interesar un poco más por la aún beata, y por Aquél a quien Isabel había entregado toda su vida en cuerpo y alma: JESÚS.

Transcurrieron las semanas y el cáncer se recrudeció. Iban pasando poco a poco las etapas propias de una enfermedad terminal que demasiado pronto se cebaba con un hombre que por momentos parecía revivir con palabras de Cielo, ese “Cielo en la Fe” que Isabel Catez, sin saberlo, había escrito para tantas almas, también para Manuel, que ya no se despegaba de la cinta. Las conversaciones que se sucedieron fueron un proceso necesariamente acelerado, pero de mucho crecimiento para ambos. Incluso permitió que Antonia rezara junto a su cama, y hasta el propio enfermo quiso reaprender el Páter Noster y el Ave María. Gracias a Dios, la familia no puso impedimento alguno para que se produjesen estos benditos encuentros, como desgraciadamente sí que ocurría en otros casos. Días más tarde, para sorpresa de propios y extraños, Manuel llamó a la enfermera para que diese aviso al “busca” del páter y lo hiciese venir. Tras una larga charla con un presbítero de mediana edad, a quien no le pasó inadvertido el casete que descansaba en el regazo de Manuel, éste arregló su corazón y adecentó su alma, y pudo, después de tantos años, recibir a ESE de quien la santa le hablaba a través de las canciones. ¡Qué regalo de Dios!, ¡qué gran misericordia!. El enfermo, evidentemente, hizo saber al confesor cómo fue que conoció a Isabel de la Trinidad y lo mucho que sus palabras le habían impresionado. El pater completó su conocimiento de la santa enviándole algunas lecturas. Familia y personal sanitario, todos estaban asombrados del cambio en el carácter y discurso de Manuel en aquellas últimas semanas. Por fuera parecía débil y acabado, pero por dentro resurgía un nuevo ser, al estilo de la santa carmelita atacada por el Addison pero resplandeciente por su unión con el Crucificado. Una luminosa sonrisa asomaba en su rostro, escuálido por la enfermedad. Era otra persona.

Tras uno de aquellos emocionantes domingos de Eucaristía y testimonio mi amiga se despidió hasta el finde siguiente. Manuel aprovechó ese momento para dedicarle un escueto “gracias” mientras la miraba con sus ojos negros y brillantes, detalle que Antonia valoró con una amplia sonrisa porque era la primera vez que se lo decía. Aparentemente nada parecía indicar un inminente desenlace, pero en los siguientes días el enfermo se debilitó en demasía, tanto que apenas podía sostener una cuchara. El jueves entró en agonía hacia el mediodía sin que apenas diera tiempo de avisar a Antonia, ni a familiares y amigos para una última despedida. Cuando a la tarde ella pudo por fin llegar al hospital, visiblemente afectada, halló la habitación vacía. “¿Y Manuel?, ¿dónde está Manuel?”. Le informaron de que había fallecido sobre las tres y que ya lo habían bajado a la morgue. Su congoja era inmensa. Al salir hacia el ascensor una de las enfermeras esperaba en el pasillo para contarle un hecho extraño, previo a su caída en coma. “Manuel parecía delirar. Ella, acercándose para comprobar su estado, escuchó estremecida de labios del joven un susurro que más bien parecía un grito del alma: “Jesús…, ¡Jesús!…”. Hubo aún otro detalle que no le pasó inadvertido: “El enfermo sujetaba un rosario en una mano y en la otra la cinta de casete de Isabel. Murió con ella apretada a su pecho”. Antonia no salía de su asombro y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Lágrimas de pena por su pérdida aquí en la Tierra, pero también de paz y alegría por la ganancia en el Paraíso. JESÚS se había servido de todo aquello para recuperar a esta alma tanto tiempo perdida.

Cuando supe de esta historia me quedé sin palabras y no me cupo la menor duda: Manuel estaba en el Cielo, junto a nuestra querida Isabel. Recordé entonces a aquella señora principal de la carta misteriosa, exigiéndome “en nombre de Cristo” que me deshiciese de mis canciones “para no dañar a otros”. Pero fue el mismo Cristo que ella mentaba quien saliendo de su silencio de años respondió con elocuente contundencia a mis dudas, haciéndonos a todos testigos de Su poder para hacer grandes milagros a partir de nuestros pequeños esfuerzos. Dos experiencias diferentes pero reales: la persona creyente pero intransigente, y Manuel el ateo, que pasaba de todo pero que finalmente se rindió al Amor gracias a las palabras llenas de Dios de Isabel de la Trinidad. Y a todo esto: ¿debo o no debo seguir adelante en este ministerio?. Júzguenlo ustedes.

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