Desprendidos para estar disponibles

Por Jesús Miguel Martín Ortega. Sacerdote. Diócesis de León

Celebramos el día del Señor alimentándonos primero de la abundante mesa de la Palabra y después de la mesa eucarística que anticipa el banquete del Reino de los cielos.

El mensaje que el Señor nos regala este domingo nos propone una revisión radical de nuestra fe. Sin darnos cuenta, nuestro seguimiento de Jesús puede perder entusiasmo, intensidad, se desdibuja, se pegan adherencias del camino, caemos en rutinas, y hasta podemos acomodar las exigencias del Evangelio a intereses personales que no nos permiten avanzar hacia Dios.

El núcleo de esta necesaria revisión, que nos mueve a la conversión personal, la sintetiza Jesús mismo en la conocida frase: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Ningún experto en los textos evangélicos duda hoy de la autenticidad de esta frase.

En los tiempos de la vida terrena del Señor, la mayor parte de la gente trabajaba y vivía pobremente, con algunas transacciones en especie, sin usar apenas dinero. Muy pocas personas lo usaban y vivían acumulando riquezas. En los evangelios aparece muy poco la palabra “dinero”, sólo cuatro veces, y todas ellas en boca de Jesús. Habló con libertad del dinero, marcando su antagonismo respecto al Evangelio: Advierte a sus seguidores de los peligros que conlleva el interés por el dinero. ¿Por qué? Es oportuno profundizar en el sentido profundo con que Jesús habla del dinero. Emplea el mismo término las cuatro ocasiones: “mammona”; éste vocablo conlleva el matiz concreto de “la riqueza en la que se sustenta la propia existencia”. Aquí está la raíz del conflicto para el que desea cimentar su vida en la roca firme que es Cristo.

Para interrogarnos refiere el Señor la parábola del administrador injusto, del que alaba la astucia y el empeño con que obra para lograr su interés. Por el contrario, se lamenta de que los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. ¡Ay si pusiéramos el mismo interés y empeño en los tesoros del Reino de Dios que en los dineros de este mundo!

Han pasado dos milenios y la advertencia del Señor sigue siendo actual. En el primer mundo es demasiado evidente la preocupación de las personas, de las familias, de las empresas, etc. por acumular riquezas. Se ha puesto en muchas ocasiones la causa de la actual crisis de fe en el agnosticismo y la indiferencia, y muy pocas en escondido interés por sustentar la propia vida en el dinero. Donde prima el interés económico, pronto se le usurpa la dignidad al ser humano y se le da la espalda a Dios.

El Señor, que nos quiere y abre caminos de plenitud, nos pide a quienes le seguimos que no hagamos acomodaciones. Imposible servir a Dios y al dinero. Por eso, un corazón libre y entregado al Señor no puede apegarse a otras cosas; ha de vivir desprendido para estar disponible, porque sólo así, desde la gratuidad de Dios, podrá experimentar la alegría del Evangelio, verdadero camino que conduce a la santidad.

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