Contemplativa y Misionera?

Por Hna. Mª Gloria del Espíritu Santo

Todos los años, el mes de Octubre es un mes dedicado a orar por las misiones “ad gentes” y por los misioneros. Este año ha sido un mes misionero especial, extraordinario, convocado y preparado con cariño, por el Papa Francisco. En él hemos recordado la Fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las Misiones; se ha celebrado el Sínodo sobre la Amazonía; ha habido varias canonizaciones… ¡Ha sido un mes de mucha gracia! Esperamos que, de todo ello, brote abundante bendición del Espíritu Santo para los países de la Amazonía y para todos los pueblos de la Tierra.

Jesús dijo a sus discípulos, antes de subir al cielo:”Id a todos las naciones y haced discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os mandé. Y, mirad, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20).

El Señor Jesús confió a los Apóstoles la misión de anunciar a todos los pueblos el Evangelio. La predicación apostólica no debía solamente dar testimonio de la Muerte y Resurrección de Jesús, sino también transmitir todas las enseñanzas de su vida terrena. A impulsos del Espíritu Santo y con su ayuda, el hombre, que acoge el mensaje, se abre a la Fe por la predicación, y se mueve, libremente, hacia Dios.

Toda la Iglesia es misionera, todos los cristianos estamos llamados a dar testimonio de Jesús y a anunciar el Evangelio. No todos estamos llamados a ir a todos los pueblos de la Tierra, pero sí debemos colaborar con la Iglesia Misionera y la evangelización de los hombres de todas las naciones.

¿Cómo hacerlo?

  1. Tomando conciencia personal del regalo de la Fe que hemos recibido, de la gracia de ser cristianos, de conocer a Jesucristo y de pertenecer a la Iglesia.
  2. Deseando que otros conozcan también a JESUCRISTO, al Padre y al Espíritu Santo; que puedan participar de la vida sacramental de la Iglesia, de la Oración litúrgica, de la alegría de ser y sentirse hijos de Dios e hijos de María.
  3. Colaborando a la misión Evangelizadora de la Iglesia, con nuestra oración, el sacrificio y la limosna.
  4. Amando, valorando y orando por los misioneros “ad gentes” , que han abandonado su patria, su familia, sus amigos, su ambiente de confort, para entregar su vida por los más lejanos, para anunciarles a Jesucristo, compartiendo su pobreza y sus dificultades.
  5. Desde nuestras posibilidades, animando a los jóvenes en el campo vocacional-misionero, haciéndoles ver que “nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida” y que Jesús dijo:”El que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, ése la encontrará”.

También nosotras, Carmelitas Descalzas, monjas contemplativas, tenemos una misión Apostólica y Misionera. Santa Teresa de Jesús, Nuestra Madre Fundadora, guiada por el Espíritu Santo, comprendió las necesidades de la Iglesia de su tiempo, herida por el desgarro de la Unidad, “por los daños de Francia”, y apremiada por la Evangelización de nuevas tierras (el descubrimiento de América).

Ella quiso ayudar a la Iglesia, y contribuir al bien de las almas, desde una vida de santidad evangélica y desde la oración. Teresa quería que sus hijas fuésemos “tales”, que alcanzáramos del Señor todo lo que pidiéramos en favor de la Iglesia, y este servicio eclesial de la oración y del sacrificio, es la finalidad de la vocación de la carmelita descalza, un apostolado puramente contemplativo, el apostolado de la ORACIÓN, de la INMOLACIÓN, y del puro y solitario AMOR, que es más precioso delante de Dios, y de más provecho para la Iglesia que otras obras juntas (Cant. 29,2-3)

A lo largo de los siglos, las hijas del Carmelo de Teresa, hemos vivido con pasión esta vocación apostólica y misionera, orando por la Iglesia, por el Papa, por la santidad de los sacerdotes, predicadores, teólogos, misioneros, que están llamados a predicar y evangelizar; orando por el aumento de las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras; orando también por la Unidad de los cristianos y la evangelización de los pueblos, para que todos se abran al mensaje de Cristo, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, conozcan al Padre y lo amen.

En esta legión de carmelitas santas, que han perfumado los claustros del Carmelo, destaca Santa Teresa del Niño Jesús, que murió a los 24 años y no salió nunca del Carmelo, y, sin embargo, en 1927, fue proclamada “Patrona de las Misiones, junto con San Francisco Javier, el gran misionero de La India y de Japón.

Esto, ¿no es de maravillar? La Iglesia, en Teresita, ha canonizado la vida sencilla, oculta, de pequeños actos de amor…Ella descubrió su vocación en el Corazón de la Iglesia: ser el AMOR. Y desde el AMOR llegar a todos los lugares, hasta los confines de la Tierra, para ayudar, consolar, fortalecer…

“Ando por un misionero”, decía ella. Sí, podemos decir cada uno de nosotros: sufro, callo, ando, estudio, hago la comida, duermo, descanso… por un misionero, cuando lo hago todo por AMOR.

Santa Teresita lo explica muy bien, cómo nuestra vida llega a los demás, comentando la frase del Cantar de los Cantares: “Atráeme y correremos”

“Quiero ser hija de la Iglesia, como nuestra Madre santa Teresa, y rogar por las intenciones de nuestro Santo Padre el papa, sabiendo que sus intenciones abarcan todo el universo” (Ms C 33v).

“Una mañana, durante la acción de gracias, Jesús me inspiró un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo comprender estas palabras del Cantar de los Cantares:” Atráeme, y correremos tras el olor de tus perfumes… ni siquiera es, necesario decir: al atraerme a mí, atrae también a las almas que amo. Esta simple palabra, atráeme, basta .Pues cuando un alma se ha dejado fascinar por el perfume embriagador de tus perfumes, ya no puede correr sola, todas las almas que ama se ven arrastradas tras ella. Y eso se hace sin tensiones, sin esfuerzos, como una consecuencia natural de su propia atracción hacia Jesús. El alma, que se hunde en el océano sin riberas de su amor, atrae tras de sí todos los tesoros que posee” (Ms C 34r).

“¡Esta es mi oración! Yo pido a Jesús que me atraiga a las llamas de su amor, que me una tan íntimamente a él, que sea él quien viva y quien actúe en mí. Siento que cuanto más abrace mi corazón el fuego de su amor, con mayor fuerza diré “Atráeme”; y cuánto más se acerquen las almas a mí, más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado. “ (Ms C 36r).

“¿Cuáles son esos perfumes? Sólo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr…” (Ms C 36 v).

También Santa Teresa Benedicta de la Cruz, tiene un pasaje muy bello e iluminador:

“El mundo está en llamas. ¿Deseas apagarlas? Mira a la Cruz. Desde el corazón abierto brota la sangre del Redentor. Y se derrama en tu corazón el caudal del Amor divino, hasta inundar y hacer fecundos todos los confines de la Tierra. ¿Oyes el gemir de los heridos en los campos de batalla? Tú no eres médico, ni enfermera, y no puedes vendar sus heridas. Tú estás encerrada en la celda de tu convento y no puedes alcanzarlos. ¿Oyes la llamada de los moribundos? Tú quisieras ser sacerdote y estar a su lado. ¿Te conmueve el llanto de las viudas y de los huérfanos? Tú quisieras ser un ángel consolador y ayudarles”.

“¡Mira al Crucificado! Si estás esponsalmente unida a Él, es tu sangre su Sangre preciosa. Unida a Él eres omnipresente, como Él. Tú no puedes ayudar como el médico, la enfermera o el sacerdote, aquí o allí. En el poder de la Cruz puedes estar en todos los frentes, en todos los lugares de aflicción; a todas partes te llevará tu amor misericordioso, el Amor del Corazón divino, que en todas partes derrama su preciosísima Sangre, Sangre que alivia, santifica y salva”. (Exaltación de la Cruz, 14-9-1939).

Acudamos, en este día, a la Virgen María, Madre de las Misiones, Reina de los Apóstoles, y digámosle con Fe y Confianza de hijos:

“Nuestra Señora de la Reconciliación y de la Misión,
imagen y principio de la Iglesia:
Hoy dejamos en tu Corazón,
pobre, silencioso, disponible,
esta IGLESIA peregrina de la Pascua.
Una IGLESIA esencialmente MISIONERA,
fermento y alma de la sociedad en que vivimos;
una IGLESIA PROFÉTICA,
que sea el anuncio
de que el REINO ha llegado ya.
Una IGLESIA de auténticos TESTIGOS,
inserta en la historia de los hombres,
como PRESENCIA salvadora del Señor,
fuente de PAZ, de ALEGRÍA  y  de ESPERANZA.
Amén
(Cardenal Pironio)

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