¿Qué pasará en ese día?

Por la Hna. Begoña Mª de Cristo Jesús

Nos encontramos ya en el penúltimo domingo del Año Litúrgico, previo a la majestuosa Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Y es curioso observar cómo el mensaje de estas últimas semanas del Tiempo Ordinario, que estamos concluyendo, y el de las primeras semanas del Tiempo de Adviento, que ya está a las puertas, es el mismo: la Venida definitiva del Señor. ¡Qué sabia es la Liturgia de la Iglesia al presentarnos el Misterio del Señor de esta manera cíclica, como para decirnos que forma un todo perfecto, sin contradicción! Es como si se nos quisiera mostrar que nuestro origen y nuestro destino final es el mismo: Dios.

Pero, nos podríamos preguntar: ¿en verdad creemos que el Señor, el mismo Jesucristo en Persona, que una vez vino a la tierra hecho Niño en Belén, volverá de nuevo? Porque, sí, la Parusía tendrá lugar: nos lo dice la fe, lo leemos en el Catecismo, lo rezamos en el Credo: “vendrá para juzgar a vivos y muertos”, lo escuchamos constantemente en la Liturgia de Adviento. Pero… ¿realmente esperamos su venida? ¡Con cuánta intensidad viviríamos nuestras jornadas si pensáramos más a menudo en ello!

En los Profetas, la llegada del Día del Señor, de su Venida terrible y gloriosa, es un tema recurrente. Como muestra, hoy nos sale al encuentro este breve pasaje de Malaquías: “Mirad que llega el día, ardiente como un horno”. ¿Qué pasará en ese día? Tendrá lugar el Juicio Final. Distinta será la suerte de unos y de otros: malvados y perversos serán paja…pero a los que honran mi Nombre los iluminará un sol de justicia (Mal.4,1-2). Estas palabras nos recuerdan aquellas otras, muy similares, pronunciadas por el mismo Jesús: Cuando venga el Hijo del hombre, o sea, el mismo Jesucristo, pondrá las ovejas a un lado y a las cabras al otro (Mt.25,31 ss.). Por tanto, será Jesucristo el que llevará a cumplimiento lo anunciado una y otra vez por los Profetas.

Ante estas palabras sería un error tener miedo de que llegue ese Día, tener miedo del Juicio de Dios, tenerle miedo a Dios, en definitiva, verlo como un Juez implacable que nos puede castigar. Desafortunadamente, se ha insistido demasiado en el pasado, a la hora de tocar estos temas, en la gravedad de nuestros pecados, en la severidad del Juicio de Dios, en el peligro de la condenación. Insistir en lo negativo, proyectar un Dios lleno de amenazas, “meterle miedo a la gente”, como vulgarmente se dice, tal vez valió en otras épocas. Pero ahora ya no. No va por ahí la sensibilidad de hoy. Hoy la gente está muy herida, confusa, desorientada, rota. Si encima le anunciamos un Dios duro, que mira con lupa nuestras acciones para ver si merecemos castigo por ellas, la reacción lógica es salir corriendo y refugiarse en otros “dioses”, otras doctrinas menos amenazadoras. Esto está claro. El Papa, en cambio, propone una Iglesia que es más bien “un hospital de campaña”, una madre que acoge a todos con ternura y comprensión. Exactamente como hizo Cristo.

Esto no quiere decir que dé lo mismo todo, hacer el bien o hacer el mal, porque Dios es bueno y va a perdonar todo. Ese sería otro error. Es cierto que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos (Mt.5,45). Pero eso no significa que opte por el relativismo. Trigo y cizaña crecerán juntos; cabras y ovejas pastarán en los mismos campos. Es cierto. Pero al final, Él pondrá cada cosa en su lugar. Si no, no sería justo. No todo da igual; no nos equivoquemos. Como dice el Salmo de hoy: El Señor llega para regir la tierra con justicia (Sal.97).

Es un poco de lo que nos habla San Pablo en la segunda lectura:la pasividad, el esperar el Día del Señor con los brazos cruzados, sin trabajar por hacer presente el Reino ya aquí con nuestro granito de arena, confiando temerariamente en que Dios ya va a venir de inmediato y no merece la pena molestarse en hacer nada. En definitiva, no poner en juego nuestros talentos, enterrarlos. Pero no es eso lo que espera Dios de nosotros, sino que trabajemos con tranquilidad para ganarnos el pan (cfr. 2 Tes.3,12).

Siguiendo en la misma tónica de la Liturgia, el Evangelio de hoy (Lc.21,5 ss.) corresponde a lo que se conoce como el Discurso escatológico, que recogen los tres sinópticos. Nos hace pensar en los últimos tiempos, que vendrán precedidos por guerras, revoluciones, hambre, terremotos…Jesús, en realidad, está hablando tanto de la destrucción de Jerusalén, como de su Venida al final de los tiempos. Pero el mismo Señor nos dice: No tengáis pánico. Nos invita a perseverar en el bien en medio de toda adversidad. Ya lo decía nuestra Santa Madre, Santa Teresa: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda… Sólo Dios basta, así como nuestro Santo Padre, San Juan de la Cruz: Múdese todo muy enhorabuena para que hagamos asiento sólo en Ti. Dios es el Señor de la historia, ni un cabello de nuestra cabeza perecerá, porque los tiene contados (cfr. Lc.12,7).

Dice San Juan que en el amor no hay lugar para el temor (1Jn.4,18). Y la Carta de Santiago, con su expresividad habitual, nos recuerda que si bien es verdad que el juicio será sin Misericordia para el que no practicó la Misericordia, la Misericordia se ríe del juicio (St.2,13). ¿Por qué hemos de tener miedo, si hacemos su Voluntad, que no es otra cosa que amar a Dios y al prójimo? A la tarde, nos examinarán en el amor, dice también San Juan de la Cruz. Porque amar es cumplir la Ley entera (Rm.138). Pues seguimos a un Dios que es Amor.

Toda la Liturgia de este día, pues, es una invitación a vivir con esperanza, con alegría, la Venida del Señor, si no ya en Gloria, sí en lo cotidiano, pues Él no nos abandona nunca. Vivir no con temor, sino haciendo eso poquito que es en nosotros, como dice Santa Teresa, para amar, hacer el bien, mejorar este mundo, como signo palpable de que el Señor ya está entre nosotros.

¡Feliz Día del Señor!

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