Virgen del Adviento

Por la Hna. Mª Gloria del Espíritu Santo.

Con el Adviento, hemos empezado un nuevo Año Litúrgico, en el cual el pueblo de Dios vuelve a ponerse en camino para vivir el misterio de Cristo en la historia. “Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8); en cambio la historia cambia, necesita ser evangelizada constantemente; necesita renovarse desde dentro, y Cristo es la única y verdadera novedad, Él es su realización plena, el futuro luminoso del hombre y del mundo.

Por eso, el Adviento es el tiempo propicio para reavivar en nuestro corazón la espera de Aquel “que es, que era y que va de venir” (Ap. 1,8). Nos podemos preguntar, con sinceridad: ¿Qué es el Adviento para mí? ¿Espero “de verdad” la venida de Jesús, o el Adviento es ya un poco de rutina? ¿Cómo podría vivir más intensamente este Adviento , el del  año 2019, que Dios me regala?

En este II Domingo de Adviento, se nos presenta la figura austera de Juan, el Bautista, “el precursor”, que predicaba en el desierto de Judea: ”Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos” (Mt 3, 1-2). Su misión era preparar los caminos del Señor, allanando los senderos para el encuentro. Ahora, es para nosotros, una invitación apremiante a abrir el corazón, y acoger al Hijo de Dios que viene…La voz del profeta nos pide que preparemos este camino en los desiertos, que hoy existen en nuestro mundo, tan sedientos del Agua Viva, que es Cristo.

En este camino de conversión, está presente la Virgen María. Ella es una figura importante y esencial en el tiempo de Adviento.

Este año, por privilegio especial de la Santa Sede, se celebra en este Domingo la Solemnidad de la Inmaculada Concepción. María, toda pura y luminosa, fue elegida por Dios-Padre para ser la Madre de su Hijo. La quiso Inmaculada, sin mancha de pecado, porque iba a llevar en su seno al mismo Dios, hecho Hombre. Ella le iba a dar la carne, la sangre, una herencia genética, una sensibilidad, una psicología…,le iba a dar una naturaleza humana plena, pues Dios iba a nacer de Ella, hecho verdadera y totalmente Hombre. ¿Podemos pensar que esa naturaleza humana que la Virgen María iba a dar a su Hijo y a su Dios, hubiera estado en algún momento bajo el dominio del demonio? ¿Podía haber estado manchada de pecado? ¡No, nunca!, ¡ni en el instante mismo de su concepción…!. El Hijo de Dios se hizo Hombre de Ella, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado…

Esto lo vió y lo vivió, desde antiguo, el pueblo santo, los sencillos y humildes, a los que Dios revela sus secretos escondidos. Pero algunos santos y teólogos, como San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura…, no aceptaban este privilegio mariano, porque argumentaban, con razón, que la Redención de Cristo había sido universal, y no veían, cómo la Virgen, siendo una criatura humana, hubiera sido inmaculada, sin pecado, llena de Gracia desde su concepción, y, a la vez, hubiera sido redimida por Cristo.

San Juan Duns Scoto, un santo teólogo franciscano del siglo XIII, fue iluminado por el Espíritu Santo para dar una respuesta, clara y convincente, a estas controversias. Él decía: “La Inmaculada Concepción no es una excepción a la Redención de Cristo, sino un caso de acción salvífica perfecta y más eficaz del único Mediador. En cuanto Mediador perfectísimo, Cristo ejercitó el grado más perfecto posible de mediación relativamente a una persona, para la cual era Mediador. Ahora bien, para ninguna persona ejerció un grado más excelente que para María…Pero esto no hubiera ocurrido si no hubiese merecido preservarla del pecado original”.

El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX, pronunció la fórmula de la definición dogmática, cerrando una larga y apasionada controversia teológica, para gloria de Dios y alegría de toda la Iglesia:

“Declaramos, afirmamos y definimos, que ha sido revelado por Dios, y , por consiguiente, debe ser creída, firme y constantemente, por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano”.(Bula “Ineffabilis Deus”)

Cuatro años más tarde, el 11 de febrero de 1858, ante el asombro de los “sabios y entendidos”, la Virgen María se apareció en Lourdes, a una joven, de 14 años, pobre, enferma y analfabeta, Santa Bernardita Soubirous. Ella preguntaba constantemente a la Señora, su nombre, y la Virgen María sonreía en silencio. Hasta que el 25 de marzo, elevando los ojos al Cielo y abriendo los brazos, en actitud de acogida, dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”…

La actitud humilde de la Virgen, la alegría y la luz de su rostro, sus manos abiertas a la acogida y a la entrega, eran como la expresión de un canto de alabanza y gratitud, un “Magníficat ” viviente: “Yo soy…¡lo que Dios ha hecho en mí! ¡Sus grandezas, sus maravillas…!.Por eso me alegro en Dios mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava…Y todas las generaciones me llamarán Bienaventurada. ¡Sí, bendito sea Dios, mi Señor y Salvador! No soy digna, soy la más  pequeña, pero Él ha hecho obras grandes en Mí… Su Nombre es Santo y su Misericordia llega a sus hijos, de generación en generación…”

Bernardita, no comprendió la expresión ni las palabras, sólo captó la belleza, la pureza y la grandeza de la Señora; pero “los entendidos” que la oyeron contar lo sucedido, no pudieron hacer otra cosa, sino arrodillarse y exclamar:”¡Verdaderamente aquí ha estado la Madre de Dios”!.

MARÍA, MADRE DE CRISTO, que lo llevó en su seno y lo dio a luz, es el mejor Modelo para mirar, y la mejor Maestra para dejarnos enseñar y acompañar. Como dice un Himno Litúrgico:

“Con María, la Iglesia te aguarda,
con anhelos de ESPOSA y de Madre,
y reúne a sus hijos, en vela,
para juntos poder esperarte…!

Dejémonos inundar por el perfume y la suavidad de MARÍA; dejémonos sumergir en el silencio y la contemplación de la Virgen, acompañados por un texto, contemplativo y amoroso, de Santa Isabel de la Trinidad. Las actitudes de la MADRE, en este tiempo de espera, son las actitudes que nuestro corazón necesita para vivir un ADVIENTO y una NAVIDAD, para Dios y para nuestro MUNDO, tan necesitado de la venida del Salvador.

“Después de Jesucristo, hay una criatura que fue también la gran Alabanza de Gloria de la Santísima Trinidad. Ella respondió plenamente a la elección divina. Fue siempre pura, inmaculada e irreprensible a los ojos de Dios, tres veces santo. Su alma es tan sencilla y sus movimientos son tan íntimos, que es imposible comprenderlos. Parece reproducir en la tierra la vida del Ser divino, del Ser simple. Es también tan transparente, tan luminosa, que produce la impresión de ser la Luz misma. Sin embargo es solamente el espejo del Sol de Justicia: “Speculum justitiae”.


La Virgen conservaba todas estas cosas en su corazón. (Lc 2,51). Toda su historia puede sintetizarse en esas breves palabras. La Virgen vivió siempre en la intimidad de su corazón, con tanta profundidad, que ninguna mirada humana puede alcanzarla…” (Últimos Ejercicios Espirituales, Día Decimoquinto)

“Ella se consideraba un ser tan insignificante y tan pequeño, y permanecía tan recogida delante de Dios, en el santuario de su alma, que atrajo sus complacencias. El Padre, al contemplar esta criatura tan bella, tan ignorante de su hermosura, determinó que fuera, en el tiempo, la Madre de Aquel de quien Él es el Padre en la eternidad. Vino entonces sobre Ella el Espíritu de Amor, que preside todas las operaciones divinas. La Virgen pronunció su “Fiat”: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra (Lc. 1,38), y se realizó el mayor de los misterios. Por la Encarnación del Verbo, María fue para siempre posesión de Dios.

La actitud observada por la Virgen, durante los meses que transcurrieron entre la Anunciación y la Navidad, debe ser el ideal de las almas interiores, de esos seres que Dios ha elegido para vivir dentro de sí, en el fondo del abismo sin fondo. ¡Con qué paz y con qué recogimiento se sometía y se entregaba a todas las cosas!. Hasta las más vulgares quedaban divinizadas en Ella, pues la Virgen permanecía siendo la adoradora del don de Dios en todos sus actos…”(El Cielo en la Tierra, Día Décimo)

¡Seamos en el cielo de nuestra alma, “Alabanzas de Gloria de la Santísima Trinidad”; Alabanzas de amor de nuestra Madre Inmaculada.”

¡Santo Adviento, para todos!

¡Feliz día de la Virgen Inmaculada!

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