Mi cercanía a los Místicos

Experiencias de un músico arraigado en el Carmelo

TERESA, MÍSTICA Y MAESTRA – III
Por Alberto Ramos. Cantautor y escritor.

En contando las cosas como las voy recordando considero que las gracias vividas en torno a la edición de este trabajo discográfico vinieron fraguándose desde hace años, en los que la presencia de Teresa en mi vida de una forma u otra fue constante. En los años de infancia un hermano había viajado con el colegio a Ávila y se trajo un librito biográfico de la Santa que en su momento ya me había llamado la atención por lo sugerente de su portada. Teresa, con los cuatro postes y su ciudad fortificada al fondo, el crucifijo en una mano y la pluma en otra, elevaba la mirada al Cielo de donde llegaba en luminoso vuelo el Espíritu abrasador que la envolvía en ese rayo de tiniebla inaccesible a las almas apegadas al mundo pero plenamente abierto a quien se abre a sus Santísimas mociones. Acompañaba al librito una piedra barnizada con una cruz pintada en negro y el ¡Sólo Dios basta! de Teresa, frase que me recordaba cada día que Él siempre ¡es! y siempre ¡está!. Aún hoy decora la esquina de mi estante. Y aunque ciertamente sólo Dios basta, parece que no nos bastase a tantos que disipamos la vida en mil entretenimientos que nos alejan de Él. Y así, Él, en su Providencia, en el año del IV Centenario de la muerte de la abulense universal nos trajo a España a un Santo Padre muy carmelitano que en los lugares teresianos nos recordó a todos, con su vigorosa presencia y demoledor testimonio, la magnífica productividad intelectual de la Santa y el tesoro espiritual de su Escuela a la que ningún cristiano con ansias de oración y de saber podía renunciar. Y por si esto aún no bastase, como homenaje de los muchos que se le hicieron en ese mismo año por medio de libros, audios, conferencias y peregrinaciones, se fraguaba también entre bambalinas, guiones, focos, cámaras y atrezzos la primera incursión cinematográfica verdaderamente exhaustiva sobre la vida de Teresa de Jesús, en una serie televisiva que tuvo tanto de éxito en sus audiencias como de espaldarazo a las conciencias de muchos corazones tibios y pusilánimes que por entonces encontraban en ella nuevo aliento a sus vidas y un rico manjar espiritual en sus certeros y acuchillados diálogos. No se ha repetido una igual desde entonces, de manera que es imposible pensar en la Teresa de la pantalla y no ver inmediatamente en primera línea esta preciosa recreación. Después de esto puede que bastase, ¿verdad?, pero el Señor no se cansa de conceder nuevas mercedes y en uno de aquellos inolvidables años ochenta fue un servidor quien viajó a Ávila en una de aquellas típicas excursiones parroquiales de fin de curso. La experiencia, además de religiosa y un tanto peliculera, fue por encima de todo un descubrir a Teresa en toda su dimensión, leyendo directamente de sus fuentes expuestas, palpando terrenos y hogares que ella palpó y habitó, respirando aires y probando sabores que en sus arduos caminos alentó y probó, orando a su modo en sus mismos rincones…, hasta la tarde en Alba a la vista de la celda que la vio partir para el Cielo o ante la solemne gravedad de su sepulcro. Una de las mayores curiosidades fue el museo donde nos esperaban las reliquias del brazo y del corazón llagado de Amor Divino por el célebre querubín. Todos los chavales arremolinados en torno a la santa reliquia nos aplicábamos en escudriñar curiosos aquel trozo de carne seca en busca de la susodicha llaga que las más ponderadas catequistas decían era visible a poco que fruncieses el ceño, ¡tamaña sugerencia!… Pero había quien gritaba entusiasmado asegurando haberla visto, más yo no recuerdo si llegué a ver algo o no. Aquello fue el colofón a una jornada inolvidable en la que JESÚS me hizo comprender que ninguna de mis intuiciones del pasado iban erradas, sino que era cierto que el Espíritu sopla siempre donde quiere y a quien quiere, que a falta de guía humano guiaba Él desde lo secreto y en lo secreto. No sé si llamarlos años felices, pero si los llamaré años muy de Dios. Por entonces no lo veía así, pero hoy sé que lo fueron ¡y hasta qué punto!. Ahora las cosas son muy distintas, pero curiosamente el Carmelo ha seguido muy cercano a mí y yo a él, ¡cosas del Señor!.

Años después vino la experiencia del CITeS, donde una de sus interesantes actividades consistió en un paseo por el pueblecito de Gotarrendura, para visitar el palomarcico de Teresa. Y otra mayor fue viajar a los lugares carmelitanos andaluces, de los cuales el día de ir a contemplar el retrato original que de la Madre hiciera fray Juan de la Miseria o admirar las páginas de Las Moradas del Castillo Interior fue de honda huella en mí. Hasta tiempo hubo de acercarnos a la reja de las Hermanas y entre dulces entonar algún canto carmelitano. Llegado ya el V Centenario de su nacimiento comenzamos la edición del disco en homenaje suyo. Al poco de salir al mercado mi Parroquia de Sta. María fue nombrada Templo Jubilar Diocesano dada la condición carmelitana de mi ciudad que en el pasado había albergado uno de los Carmelos masculinos más importantes de todo el noroeste español. Entre otros actos y ceremonias este disco vino a cubrir un vacío inevitable sino se tiene algo o alguien específicos para ello cual es la música, quedando expuesto y a la venta el CD para todo aquel que quisiera adquirirlo. Y la rúbrica llegó durante un breve acto poético-musical en la Parroquia al que acudió gran público y en el que acompañado de un pianista pude interpretar, pese a un más que inoportuno catarro de primavera, tres temas teresianos presentes en el disco. Por aquel entonces se me dio la oportunidad de anunciarlo en los medios diocesanos y provinciales, y hablar en COPE sobre la Santa. También ayudó a la difusión mi presencia en los votos perpetuos de una carmelita africana, amiga mía, en La Mancha y el consiguiente viaje de vuelta con el Padre General que había oficiado la ceremonia y que me había ofrecido volver con él hasta Madrid. Para mi sorpresa, llevaba el disco en el coche y sabía de mi música casi tanto como yo mismo. Ahora recuerdo una anécdota un tanto penosa que me ocurrió con él un par de años antes de esto, en una de aquellas cenas del CITeS. Por retrasarme me había quedado sin el sitio habitual y por no quedar solo en otra mesa me fui a poner en la que estaba sentado un desconocido. Durante aquellos minutos algo me preguntó, para romper el hielo, pero se conoce que no debía estar yo en mi noche ideal porque no le di mucho palique que digamos. Quizá él no lo recuerde si por entonces no me conocía, pero el pobre debió pensar que era “un perdido”. A la postre del suceso supe que mi acompañante en dicha cena era el P. General, pero tampoco recuerdo haberme impresionado demasiado por saberlo. Excesiva desafección la mía para lo singular del encuentro, que si es hoy no me lo hubiese perdonado nunca. Y aun contaré una experiencia digna de meditar, más singular si cabe, pero con un protagonista diferente, tan diferente que a nadie dejará indiferente, eso seguro.

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