Miradlo

Por Hna. Begoña Mª de Cristo Jesús

En este Domingo nos sale al encuentro la preciosa Liturgia del Bautismo del Señor, una Fiesta con la que concluye el Tiempo de Navidad, cuyo centro es, indiscutiblemente, la figura de Jesucristo y nos invita a estar atentos a Él, a mirarle y a escucharle, a acoger la salvación que nos ofrece gratuitamente. Como decía Nuestra Santa Madre: “No os pido más de que le miréis (C.26)”.

Se podría decir que la segunda lectura (Hch.10,34ss.) viene a ser un resumen de todo el contenido de este Misterio del Señor: “Juan predicaba el bautismo”, pero él no era sino el precursor de “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”. Esta unción, manifestada visiblemente en el descenso del Espíritu en forma de “paloma”, es como el momento de la investidura de Jesucristo como Enviado del Padre para iniciar su misión de “pasar haciendo el bien”. A este propósito, dice San Juan Crisóstomo: “Cuando nuestro linaje sufrió naufragio universal y estuvo a punto de desaparecer, apareció la paloma para señalar la terminación de la tormenta, y, llevando un ramo de olivo, anunció la buena nueva de la paz sobre toda la tierra… Por eso aparece ahora la paloma… para señalarnos al que venía a librarnos de todos nuestros males”.

Dios estaba con Él”. Podemos establecer un paralelismo entre la lectura del profeta Isaías (Is.42, 1ss.) y el Evangelio (Mt.3,13ss.) considerando ambos textos desde la perspectiva de la Persona divina del Padre, que dice por boca de Isaías: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi Elegido, a quien prefiero”, como un reflejo de las palabras que pronuncia en el momento del Bautismo de Jesús: “Este es mi Hijo, el Amado, mi Predilecto” (Mt.3,17). Es decir, Dios Padre parece incapaz de dejar de manifestar su amor de predilección, su alegría incontenible, su deshacerse en alabanzas por su “Hijo Amado”, su “Predilecto”, su “Elegido”, su “Preferido”, mostrándolo a todos y señalándolo con más fuerza y entusiasmo si cabe que Juan Bautista.

Y resulta enternecedor tener nosotros la posibilidad de penetrar, como testigos privilegiados, en el diálogo secreto entre Padre e Hijo a través de las palabras de Isaías: “Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”. Y luego le muestra lo que será su misión entre los hijos de los hombres: “para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”. ¿Y quién no se ha sentido en algún momento, tal vez ahora mismo, “ciego”, sin acertar con el camino de la vida que ha de recorrer, sin ver su sentido?, ¿quién no se ha sentido o se siente tantas veces “cautivo” de tantas cosas, problemas, miedos, circunstancias que nos atenazan? ¿A Quién vamos a acudir? (Jn.6,68). A Jesucristo, que vino y viene a cada momento a nosotros para dar cumplimiento a las palabras que un día proclamara en la sinagoga de Nazaret: El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres (Lc.4,18ss.). No hemos de esperar a otro: Él es quien nos abre los ojos, nos sana, nos libera, nos quita toda opresión (cf. Mt.11,2ss.). Él es nuestro Salvador.

Y no hay equívoco en identificar al Siervo de Yahvé del que nos habla Isaías con Jesucristo., pues, como nos dice Eusebio de Cesarea: cuando el profeta nos presenta al extraordinario personaje no lo llama ni “Jacob”, ni “Israel”, pues claramente se está refiriendo al Cristo de Dios…¿Qué otro podría ser llamado “Hijo” de Dios, “Elegido” suyo?

Pero podríamos preguntarnos, ¿qué sucede, en realidad, en el momento del Bautismo del Señor?, ¿cómo nos afecta a nosotros, a nuestra existencia concreta? En palabras de Hipólito, podríamos responder: “¿Te das cuenta cuáles y cuántos bienes habríamos perdido si el Señor hubiera hecho caso a Juan y no hubiese recibido el Bautismo? Antes, las puertas del Cielo permanecían cerradas y la región de arriba era inaccesible. Podemos descender a lo más bajo, en cambio no podemos volver a subir a lo alto. ¿Acaso tuvo lugar sólo el Bautismo del Señor? También tuvo lugar la renovación del hombre viejo… Al instante, “los cielos se abrieron”. Se hizo la reconciliación de lo visible con lo invisible”. O como indica San Gregorio Nacianceno: “Fue bautizado como Hombre, pero quitó los pecados en cuanto Dios; y fue bautizado no para lavarse a Sí mismo, sino para santificar las aguas”. Los Padres de la Iglesia ven a Jesús como el nuevo Noé que nos libra del peligro de naufragar en las aguas del pecado y nos lleva al puerto seguro del Cielo, junto a Él.

Como vemos, esta Liturgia del Bautismo del Señor es riquísima y resulta inagotable. Se podría contemplar desde múltiples perspectivas. Adentrémonos, pues, gozosos en ella y dejémonos salvar por quien hizo fila ante el Bautista para regalarnos todo su Amor para siempre. ¡Feliz Domingo!

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