Tierra de María III

Hna. Mª Consuelo de Jesús Crucificado

La Hermana María Consuelo era muy amante de Sta Teresita, su camino de Infancia espiritual, de confianza y amor, le atraía mucho. Se sintió llamada a hacer la Ofrenda al AMOR MISERICORDIOSO y repetía constantemente en su corazón:

“Con el fin de vivir en un Acto de Amor Perfecto, ME OFREZCO COMO VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO A TU AMOR MISERICORDIOSO; y te suplico que me consumas sin cesar, dejando desbordar en mi alma, las olas de Ternura Infinita que están enceradas en Ti, y que así, yo pueda llegar a ser mártir de tu Amor”.

En el año 1995 celebramos el Centenario de esta Ofrenda, y las Hnas del Noviciado, dividieron el texto del Acto de Ofrenda, en varios párrafos, que luego repartieron entre todas las Hermanas, con el fin de que cada una viviéramos e hiciéramos realidad esa petición durante el año. A ella le tocó:

“Puesto que me has amado, hasta darme a tu único Hijo, para ser mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos son míos, yo te los ofrezco con alegría; suplicándote que no me mires sino a través del Rostro de Jesús y dentro de su Corazón, abrasado de Amor”

Esto la llenó de paz y alegría, pues ella se sentía pobre, débil, pequeña, llena de imperfecciones. Por eso ella deseaba que el Padre la mirara a través del Rostro de su Hijo, su Señor, su Esposo y su Salvador. No tenía pena de sus debilidades y de sus pecados, pues todo lo arrojaba en el Fuego del Amor Misericordioso de Dios. Decía: “la basura, todo lo roto, lo feo, los desperdicios… si se echan al fuego, ese fuego todo lo consume, lo purifica, y se transforma en llama. Así, Dios cogerá toda nuestra miseria y la arrojará en el Fuego de su AMOR. Y… al final, todo será Fuego de AMOR, que Él arrojará sobre el mundo, para purificarlo y santificarlo”

En su Carta-Testamento dejó escrito: “También me uno a todas cuando renueven el Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso. No sabemos dónde ni cuándo moriremos, pero si hacen oración junto a mi cuerpo muerto, me gustaría que recitaran, en mi nombre, este Acto de Ofrecimiento como Víctima de holocausto al Amor Misericordioso, para que el Fuego del Amor consuma todos mis pecados, sea aquí, en la tierra o en el purgatorio.

Desde hacía mucho tiempo padecía de asma. Cuando se ahogaba por las noches y no podía dormir, se levantaba e iba al Sagrario; allí, junto a JESÚS EUCARISTÍA, se le pasaban todos los males. Era tanta la Fe que tenía en esa presencia del Señor Resucitado en el Santísimo Sacramento, que decía se pasaría hasta el fin del mundo, en una isla desierta, solo con un Sagrario.

Solía decir, con los sentimientos de San Manuel González, el Obispo del Sagrario Abandonado:

“¿Por qué te quejas, de que no tienes, de que no puedes?

Jesús, en el Sagrario, no espera más que una palabra tuya,

para llenarte de luz, de fortaleza y de amor. ¡Qué más

cielo, que un Sagrario, cuando está Jesús en él!

¿Te parecen dichosos los que vivieron, cuando vivía  Jesús

en carne mortal? ¡Más dichosa eres tú!. Ellos gozaron

con su vista; tú le haces gozar a Él, con tu fe.

¡ Feliz tú, si en todas las ocasiones , en todas las circuns-

tancias, en la palabra que molesta, en la disposición que te

contraría, sabes reconocer a Jesús, y sabes decir con amor,

como cuando le reconoces bajo el blanco velo eucarístico:

¡Señor mío y Dios mío!

En verdad, nos decía en sus momentos de enfermedad, que ante el Santísimo Sacramento se le curaban todos los males; por eso nos animaba: “Amad mucho al Señor en la Eucaristía. Id al Sagrario, y allí lo encontrareis todo”.

Con el tiempo, el asma se agravó, con una afección del corazón y una insuficiencia respiratoria, que le obligaba a tener oxigeno de una forma permanente. Sufrió mucho, pero, su deseo del Cielo y su amor impaciente de ver a CRISTO y a MARÍA, aceleraron sus pasos. Podemos decir, con el profeta, que Dios quiso triturarla con el sufrimiento, para, como ella misma nos decía llegar a convertirse en blanco pan, hostia destinada a ser comida por otros, para llevar la vida de Cristo a los hombres.

La Navidad de 1974 fue muy dura para ella; a pesar de los cuidados por parte de las hermanas, y la ayuda del oxígeno, su salud se iba deteriorando. Sus últimos días fueron de intenso sufrimiento físico, porque se ahogaba y no podíamos aliviarla; por ello fue ingresada en la clínica de San Juan de Dios, de León. En medio del dolor, tenía mucha paz y una gran alegría, pues pensaba:” Esta vez, sí, ¡me voy al Cielo!”. Allí se confesó con un Padre carmelita y recibió la Unción de los Enfermos. Estuvo acompañada, en todo momento, por la Madre Priora, otra Hermana de la comunidad, y su hermana Clarita, que vino, desde Madrid, para estar a su lado, en esos momentos tan decisivos.

El día 24 de enero, después de 5 días en la clínica, entró en agonía, que duró desde las 2 de la tarde hasta las 17: 50 horas. Le decían oraciones y jaculatorias; palabras de aceptación del dolor y de la muerte; palabras llenas de consuelo, que ella oía y acogía en su corazón. Le cantaron cosas que a ella le gustaban; recitaron el Credo, la Salve, el Flos Carmeli y “Al Cielo, al Cielo, ¡Sí!, un día a verla iré”… Ella, en su corazón, diría, como era su deseo:

“Cantaré la Bondad de mi Dios,

mi Rey , mi Luz, y mi Dueño.

Ansiando está mi alma ver tu Rostro,

tu posesión será mi gozo salvador.

Deseo estar, Señor, en tu Presencia.

Tú guiarás, siempre, mis pasos con tu Luz.

¡Sí! ¡Cantaré, eternamente, tus Misericordias, Señor!”

y…¡fue al encuentro de su Esposo y Señor…!

Su muerte fue lo que había sido toda su vida: un continuo “Sí” a la Voluntad del Padre, como el de Cristo, “Ecce”; como el de María “Fiat”. Su vida consagrada fue el triunfo de la Fe, que venció todo límite humano, dejándonos un nuevo “testimonio“ de la “Diestra Poderosa del Señor”, transformándola en un eco enamorado del “Magníficat” de María.

Cuando llegó la noticia al Monasterio, estábamos todas las Hermanas en oración, acompañándola en ese momento tan crucial. Comenzamos a cantar el “Magníficat”, con los ojos llenos de lágrimas, pues se unía en nuestro corazón el dolor y la alegría, ya que confiábamos que estaría gozando del Amor Infinito del Padre, de la plena visión de Cristo, su Amado, y del abrazo de su Madre Inmaculada. Cuando llegaron sus restos a Nuestra casa, todas experimentamos una profunda emoción, y la acompañamos al coro, entre cantos de júbilo y alabanza. ¡Aquello parecía el Cielo anticipado! ¡Era la primera Hermana de la comunidad, que entraba en la Casa del Padre, y con ella, entraba también, parte de nuestro corazón.

Consideramos a la Hermana María Consuelo de Jesús Crucificado, no sólo como la Fundadora de nuestro Monasterio, sino, también, como la madre y maestra espiritual de nuestra Comunidad. Ella sufrió en su cuerpo un largo martirio, en sus años de enfermedad; y una “noche” profunda en su espíritu, con dolorosas pruebas interiores. Pero sabía llevarlo con alegría, para compartir los dolores de Cristo, unida a su Cruz, y “aportar a la Iglesia la savia, como hace la raíz con el árbol”. Sabemos de su paciencia en los momentos de dolor, de su olvido propio, de su interés por no causar molestar, ni dar trabajo. Siempre se interesaba por los demás, por nuestras familias, amigos y bienhechores. Era inmensa su gratitud al mínimo servicio prestado. Aún en medio de sus angustias y sus dolores, su oración era continua, por los sacerdotes, los misioneros, la Orden, la salvación del mundo… y por todas las intenciones, que nos encomendaban, que ella las hacía suyas, con cariño y fervor. Todo lo ponía en las Manos de la Santísima Virgen. ¡A Ella se lo encomendaba, en Ella confiaba siempre…!

El año 2020 es un año muy especial en Nuestra Comunidad, para recordar la vida, la vocación y la misión de Hna. María Consuelo, la Fundadora de este Carmelo de León. Se han cumplido 25 años de su muerte (24- enero- 1995) y 100 años de su nacimiento (7-agosto – 1920). Por eso nos ha parecido hacerle un homenaje agradecido, reconociendo su historia, su elección eterna y su llamada a seguir a Cristo; su vocación de Carmelita Descalza; su espiritualidad eucarística, mariana y misionera; su Ofrenda permanente al AMOR, por la Iglesia, por la santidad de los sacerdotes y por la salvación del Mundo; su camino de sencillez, pobreza, confianza, y alegre abandono en las Manos del PADRE.

Confiamos que ella, desde Dios, seguirá acompañando a esta Comunidad, la “viña que su diestra plantó”, como nos lo prometió: su cercanía desde el Sagrario donde nosotras contemplamos, a JESUCRISTO glorioso, en la Fe; y ella, en el “cara a cara” eterno. Y también, cada día, en el canto del Magníficat en vísperas. Ella proclama las maravillas de Dios, le alaba y le bendice en el Cielo, con María; y nosotras, con nuestras pobres voces, en la tierra…

Damos gracias a Dios Padre, que en su Hijo nos ha bendecido, en el Espíritu Santo, con el “regalo” de esta “madre” sencilla y ejemplar. Que ella nos acompañe, nos proteja, y nos ayude a vivir nuestra vocación, con fidelidad, alegría y amor, para “alabanza de su gloria”, ¡hasta que nos encontremos todas juntas en su REINO! AMÉN ¡ALELUYA!

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