Compañero Nuestro

Por Hna. Begoña Mª de Cristo Jesús

Hoy celebramos la bellísima Solemnidad del Corpus Christi, siempre tan festejada popularmente a lo largo y ancho de nuestras engalanadas calles, perfumadas de azahar y alfombradas con flores de mil colores, para acoger el paso de Jesús en el Santísimo Sacramento. Es una fecha muy propicia para, con toda la Iglesia, adorar, alabar y dar gracias incansablemente al Señor en el interior de nuestros corazones por el inmenso regalo de su Cuerpo y de su Sangre que nos alimenta, nos da fuerza y calor, y que es prenda de la Vida Eterna, donde le veremos cara a cara.

La Liturgia de este precioso día, aunque inagotable, como así lo es el Misterio de Jesús hecho Eucaristía, fuente y cima de la Iglesia, como indica el Concilio (LG.11), se podría entender toda ella como un canto jubiloso a Jesucristo, nuevo Melquisedec, nuevo Moisés y, finalmente, “Compañero nuestro en el Santísimo Sacramento” (Vida 22,6), como denominaba Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús al Amigo siempre presente en el Sagrario.

En la primera lectura, tomada del Génesis (Gn.14,18-20), aparece una figura misteriosa: el rey Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo, quien bendice a Abrahán y le ofrece, como homenaje por su victoria sobre diversos reyes de la zona, pan y vino. Dice San Cipriano: “Vemos prefigurado en el sacerdote Melquisedec el Misterio del Sacrificio del Señor (…) En efecto, ¿quién más sacerdote de Dios Altísimo que nuestro Señor Jesucristo, que ofreció el sacrificio a Dios Padre y ofreció esto mismo que Melquisedec había ofrecido, el pan y el vino, es decir, su Cuerpo y su Sangre?”.

Precisamente esto mismo cantamos en el  Salmo responsorial de este día, que a nadie mejor que a Jesucristo puede ser aplicado: “Tú eres sacerdote para la Eternidad, según el rito de Melquisedec” (Sal. 109). Como dice la Carta a los Hebreos, Él tiene el sacerdocio que no pasa, no heredado de padres a hijos, según el rito de Aarón, sino a la manera de Melquisedec, recibido por disposición de Dios. Y más aún: como celebrábamos hace poco, el jueves después de Pentecostés, Jesucristo es el Sumo y Eterno Sacerdote. Es sacerdote para siempre.

En el Evangelio (Lc.9,11b-17) se relata una escena deliciosa. Cae la tarde. Una multitud ha seguido a Jesús hasta un lugar desierto. Han escuchado su Palabra: les hablaba del Reino. Algunos, los que tenían necesidad, han quedado sanos. Y ahora Jesús los mira y se compadece de ellos. No quiere despedirlos ayunos a casa. Entonces tomando los cinco panes y los dos peces que habían aportado los Discípulos, ante la insistencia de Jesús: dadles vosotros de comer, ¡a una muchedumbre de unos cinco mil hombres!, realiza el milagro de la Multiplicación de los panes y de los peces. Comieron todos y hasta sobraron doce cestos.

Pero este gesto del Señor no lo realiza de la nada, no se lleva a cabo sin contar con nosotros, sino que parte de lo poquito que podemos aportar nosotros para que se realice: nuestros pobres panes y peces; poco, ciertamente, pero todo lo que somos y tenemos. Esto nos hace pensar que  también en nuestros desiertos, en nuestras nadas, ofrecidas al Señor, poniéndolas con fe en sus manos, el Señor puede realizar milagros; le estamos permitiendo así que Él derrame sobre nosotros su Gracia, que nos bendiga y multiplique nuestras pobres fuerzas. Pero si desconfiamos, mirando nuestra poquedad, le atamos las manos para que realice el milagro.

En este sentido, resulta ilustrativo el ejemplo de la Santa abulense, cuando, llena de celo por el Señor, se determinó a hacer eso poquito que era en mí (Camino de Perfección 1,2) y que las poquitas monjas que estaban a su alrededor hicieran lo mismo, para así ayudar en algo a la Iglesia. Las cosas del Señor, en sus inicios, suelen ser pequeñas, como el grano de mostaza, pero luego el Señor, si ve en nosotros fe, confianza y amor, se prodiga en hacerlas fructificar.

San Cirilo de Alejandría establece un paralelismo entre Jesús en este pasaje de la Escritura y Moisés en el desierto, cuando tiene lugar el milagro del Maná: “En el desierto hizo llover maná sobre los israelitas. Les dio pan del Cielo. “El hombre comió el pan de los  ángeles”, tal como se relata en los salmos. Observa de nuevo que en el desierto provee abundantemente a los que están necesitados de alimento, y lo hace bajar como del Cielo. Al multiplicar esa pequeña cantidad y al alimentar a la gran multitud como de la nada, no se diferenciaría del primer milagro”. Podemos decir, entonces, que Jesucristo es el nuevo Moisés, que da no ya un alimento perecedero, sino el verdadero Pan del Cielo, pues Él mismo es el Pan de vida (Jn.6).

En este gesto de la Multiplicación resuena ampliamente todo el lenguaje y los gestos eucarísticos que realiza el sacerdote en la celebración de la Santa Misa: tomar el pan, elevar los ojos al Cielo, pronunciar la bendición, partir el pan, repartirlo. Indudablemente, se trata de una escena que prefigura lo que acontece en cada Eucaristía. Entonces, ¿cómo no estremecernos ante las palabras de San Pablo, que leemos en la segunda lectura (1 Cor.11,23-26), que con tanta unción nos dice: he recibido una tradición que a mi vez os transmito? ¡Pensar que, a lo largo de los siglos, se ha transmitido en la Iglesia esos mismos gestos de la Última Cena del Señor y que tenemos siempre, por así decirlo, al alcance de nuestra mano! ¡Pensar que Él no quiso dejarnos solos y que, en su divina creatividad, halló una manera de quedarse con nosotros hasta la consumación de los siglos! “Conociendo nuestra flaqueza (…) buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene” (C.33,1).Como decía un niño espontáneamente: “¡Tú sí que sabes inventar!, o como decía una recién convertida y cautivada por la Eucaristía: “Lo siento, nunca vi en otra religión ¡un Dios que se come!”

Es conmovedora la Ternura infinita que Dios tiene para con nosotros quedándose en el Sagrario, ahí, silencioso, esperándonos, Compañero nuestro en el Santísimo Sacramento (Vida 22,6). : debajo de aquel Pan está tratable (C.34,9). Vayamos a Él, pues, y derramemos nuestro corazón en su Presencia, que Él nos escucha y se goza regalándonos su infinito Amor: De todas cuantas maneras quisiere comer el alma hallará en el Santísimo Sacramento sabor y consolación (C.34,2).

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