La llamada universal a la salvación.

Por Hna. Begoña Mª de Cristo Jesús.

La Liturgia de este domingo se abre con una apoteósica profecía de Isaías: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi Gloria” (Is.66,18-21). Es una llamada universal a la Salvación. Nadie queda excluido, “descartado”, como diría el Papa Francisco. Dios espera que todos, absolutamente todos, vayamos a Él.

A este propósito, comenta San Cirilo de Alejandría: “Ante Él se prosternará toda la tierra. Porque la ley antigua congregó a un solo y único pueblo, el de Israel, y lo llamó en una única lengua, mientras que la Gracia del poder de la economía salvífica en la carne no la concedió Nuestro Señor Jesucristo sólo a los de la sangre de Israel, sino a toda nación y en todas las lenguas”. En efecto, ya no es solamente Israel, el pueblo elegido, el que es convocado por Dios, sino toda nación, toda lengua, toda persona, en definitiva; todos y cada uno de nosotros.

Y nos dice el Señor que será Él mismo quien se encargue de venir a buscarnos. ¿Cómo no ver en estas palabras la imagen del Buen Pastor, que nos dice que será Él mismo, en Persona, quien, sin ahorrarse sacrificios, buscará a sus ovejas y las apacentará, curará a las enfermas y cuidará a las fuertes? (cf.Ez.34;Jn.10). Cristo mismo será quien lleve a cumplimiento esta profecía.

La respuesta del Salmo hace suyo el mandato del Señor Resucitado: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio” (Mc.16,15). Así se harán realidad las palabras de Isaías: “despacharé supervivientes a las naciones…a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi Gloria…Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos”. El Señor nos envía, como mensajeros suyos, a anunciar la Buena Noticia a toda criatura y a llevarlos hasta Él. Por el Bautismo, todos somos misioneros, evangelizadores.

En definitiva, este es el sueño de Dios: verse como una madre, feliz, rodeada de todos sus hijos; cualquier madre corroboraría esta afirmación, y nos diría que no podría sentirse completamente feliz si le faltara a su vera uno de sus hijos. Pues así mismo es Dios: “Él quiere que todos sus hijos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” ( 1 Tim.2,4). El acento está en ese “todos”. Como el Buen Pastor, que da su vida por las ovejas, para formar un único rebaño (cf. Jn.10,16); no quiere que ninguna se le pierda.

¡Cuántas veces descubrimos en el Evangelio ese anhelo de Jesús de querernos a su lado! Ya desde que los primeros Discípulos, en aquella tarde, se atrevieron a acercarse a Él y preguntarle dónde moraba, el Señor les respondió: “Venid y lo veréis” (Jn.1,39). También decía espontáneamente: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y Yo os aliviaré” (Mt.11,28). A las puertas de su Pasión profetizaba: “Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia Mí” (Jn.12,32). Y por fin, en la Última Cena, confidencia a su Padre cuál es su sueño más acariciado: “Yo deseo que todos estos que Tú me has dado puedan estar Conmigo donde Yo estoy, para que contemplen la Gloria que Tú me has dado” (Jn.17,24). La Gloria de la que ya nos hablaba el profeta Isaías la ha recibido Jesucristo de manos del Padre con su Resurrección. El Padre ya lo ha glorificado, y nosotros podremos contemplar un día esa Gloria divina en el Rostro de Cristo, que ya, a cara descubierta, reflejamos, como en un espejo, como dice San Pablo (cf. 2 Cor.3,18).

En el Evangelio de hoy, ante la pregunta que le hacen de si “serán pocos los que se salven” (Lc.13,23), Jesús parece responder con una evasiva: “Esforzaos para entrar por la puerta estrecha” (Lc.13,24). Comenta San Cirilo de Alejandría a este propósito: “Esta respuesta parece un intento de eludir la cuestión. El hombre quería saber si serían pocos los que se salvan, pero Cristo le explicó el camino por el cuál se podría salvar él mismo…Se mantuvo en silencio voluntariamente respecto a la pregunta inútil. Y afirma lo esencial”. Lo verdaderamente importante no es cuántos sino cómo. A veces nos quedamos en lo anecdótico, en lo superficial, en el dato curioso, sin más, y no profundizamos en lo que, en realidad, nos va la vida. Jesús nos dice que no basta haber comido y bebido con Él, ni haber escuchado su enseñanza (cf.Lc.13,26). No basta tampoco el estar bautizado o, incluso, ir todos los domingos a Misa. Se trata de vivir una vida acorde con el Evangelio.

La Salvación es gratuita, inmerecida por nuestra parte. No podemos más que acogerla, como niños. El Nombre de Jesús significa, precisamente, “Dios salva”; nosotros no podemos salvarnos a nosotros mismos: sin Mí no podéis hacer nada (Jn.15,5).  Pero sí podemos colaborar con esa Gracia de Dios para llevar una vida acorde con el Evangelio. Esto requiere de nosotros ese esfuerzo de que habla Jesús, en el sentido de tener una determinada determinación, como diría nuestra Santa Madre, Santa Teresa de Jesús, de poner lo mejor de nosotros para ser verdaderos cristianos, de dejarnos hacer por Él. Como nos dice San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual:

Buscando mis amores,

Iré por esos montes y riberas;

Ni cogeré las flores,

Ni temeré las fieras,

Y pasaré los fuertes y fronteras.

(Canción 3)

Sí, no nos detengamos ante las dificultades del camino, ante la desolación de ver iglesias vacías, críticas en el ambiente o escándalos diversos, ni ante nuestros propios miedos y cansancios. No nos dejemos engañar. No dudemos de su Palabra, que no falla. “Jesucristo es siempre el mismo, ayer y hoy y siempre” (Hbr.13,8). Que no tengamos que escuchar el lamento de su Corazón: “No queréis venir a Mi para tener Vida Eterna” (Jn.5,40). Vayamos al Señor que nos espera. Digamos con San Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna (Jn.6,68).

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