Mi Cercanía a los Místicos

Experiencias de un músico arraigado en el Carmelo

TERESA, MÍSTICA Y MAESTRA – I

Por Alberto Ramos. Cantautor y escritor.

Era una bella mañana de primeros de octubre y Ávila aparecía ante mi bañada por un precioso sol de otoño que invitaba a los árboles y a los pájaros a cantar las alabanzas del Señor. Si, la calidez de aquel sol sobre mi rostro mezclada con la fresca placidez de aquella “hermosa mañana”, como la hubiese denominado sin duda nuestra Santa Madre Teresa, me sumergía en pensamientos profundos y en sentires de Cielo que me trasladaban a los tiempos de la Santa, en los que el sabor de lo Divino lo dominaba todo bajo el azul profundo del cielo de Castilla. También en aquel rinconcito, desde el que apoyado en la baranda de Sta. Ana veía la amurallada ciudad arder de gloria, mi alma se estremecía en agradecimientos al Creador por ser testigo de tanto esplendor y maravilla. Porque en verdad el espíritu, recogido en Dios, podía con Teresa exclamar desde lo más hondo que en mi escondido rincón también “el Cielo parecía mandar en la Tierra”. Un rinconcito trapense que, lejos de contradecir el camino, me abría su corazón para acercarme desde su seno al carisma teresiano. Como decía el gran santo Rafael Arnáiz: “muchas cosas de Juan y de Teresa me elevan a Dios, sus pensamientos parecen escritos para mi” y así lo sentía yo; ¡cuánta cercanía y concordancias entre el espíritu del Císter y el del Carmelo!. A mi también me ayudaban ambos a acercarme al Señor. Entonces, con el corazón puesto en Sonsoles y la mirada en la estampa medieval de la noble ciudad, desee con toda el alma poder volver a ella un día no muy lejano para estudiar algo que tuviese que ver con los caminos del Espíritu y del amor a la Iglesia. Pero no fue un sentir grandilocuente o banal sino muy sencillo y lleno de fe, como la oración de un niño que no duda, que no se hace preguntas porque su confianza es plena y su seguridad justificada, como quien sabe que los milagros ocurren sólo por amor. Era 2006, pero “Algo” en lo más hondo me decía que esperase sereno y confiado la hora de Dios porque no habría de tardar.

La hospedería de Sta. Ana duró sólo una noche ya que al día siguiente decidieron que bajase a la residencia de las Teresianas, donde se alojaba la comunidad cisterciense participante, y de ese modo ser uno más con ellos en el Congreso sobre Thomas Merton que se celebraba esos días en el Auditorio S. Francisco. Sería demasiado extenso describir lo que esos nutridos días significaron para mi progreso intelectual y espiritual, pero debo mucho a sor Gema que me invitó, porque en ese momento yo no era muy consciente de lo que Dios me regalaba por su medio y por el de todos aquellos eruditos, sabios que en distintos idiomas y gracias a la traducción simultánea nos iban imbuyendo, a los más de 300 acreditados que llenábamos cada mañana la sala de conferencias, de sus lecciones magistrales en la figura grande de un grande espiritual del S. XX. Lo cierto es que fue un aperitivo potente, una perfecta propedéutica a lo que vendría más tarde: la excelencia y elevada dignidad del espíritu del Carmelo. Cuando mi amiga sor Montse supo de mi intención de ir a Ávila no dudó en plantarse en aquella Universidad para allanarme el camino y contribuir a que servidor pudiera hacer aquel sueño realidad. Otro ángel de la guarda en la vía de los designios divinos a quien tanto he de agradecer. A mí, como a ella, todo en Ávila me hablaba de la presencia de la Santa, desde el adoquín del suelo a la hoja del árbol, desde el agua del caño al silbido del viento llegado desde las blancas cumbres de la Paramera. Cada rincón, cada esquina, calle o plaza parecían impregnadas de “un no sé qué” que queda adherido al alma como el eco de una voz que habla en el lenguaje del silencio, que grita elocuente la Presencia del Amado.

Me despedí de Burgos y de sus heladas mañanas para trasladar mis ateridas manos al calor de la capilla de la “Música Callada”, donde habría de vivir algunos de los momentos más felices de aquellos agitados años jóvenes con una guitarra en las manos unas veces, con un diurnal y una sonrisa las más. La muralla norte y su característica estampa, visible desde la cristalera del oratorio, se me antojaba el retablo perfecto hacia el que elevar mis pequeños suspiros de poeta en ciernes. Un retablo móvil que libre de tedio animaba de por sí los tiempos litúrgicos, pues ya con sol, lluvia, nieve, viento o bonanza su cinematográfica cara mostrábase hermosa en cada estación del año, como testigo mudo pero fiel de aquellas eucaristías matinales y tan diferentes…, no tanto por su forma cuanto por su fondo henchido de Dios, de fraternidad, acogida, alegría y fe. JESÚS era el Centro de todo y su Madre estaba en ese Centro como la primera y más excelsa partícipe en su entrega a todos los que allí gozábamos de Su Altar. Una de esas experiencias que dejan huella. Y allí, en medio de esas gentes de lugares alejados y extraños a mí, surgió la santa idea de hacer algo para la Santa. Fue en una de aquellas animadas cenas que varios compañeros me sugirieron tal proyecto. Salieron a la palestra obras y maestros que me precedían en esos menesteres y hasta se barajó la idea de trabajarlo con ellos. Pero pronto vi que tal empresa era harto complicada y que al final me vería en solitario elaborar mis propias adaptaciones. Una cosa sí tenía clara: habría de buscar cierta originalidad, incluyendo algún tema poco o nada visto por otros autores. Como todo embrión de proyecto me producía al principio escepticismo, más tarde sensación de esperanza, para terminar siendo una decisión en firme. Los caminos de Dios no saben de fronteras, razas, idiomas y credos. El Amor es su guía y eso todos lo pudimos experimentar. La música sólo fue la excusa perfecta para vivirlo en serio. Y la Santa, que es maestra en los caminos del espíritu, supo inspirarme para acometer sin miedos un nuevo trabajo discográfico con sabor intensamente carmelitano. Lo que habría de venir después era un “aventurar la vida” de la mano de Teresa, con sorpresas y gracias que aún hoy me hacen reír y pensar. ¿Nos embarcamos en ello?, venid y veréis.

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